07 enero 2012

03-08-2010 San Juan Chamula y Zinacantán

Este día tocaba excursión a San Juan Chamula y Zinacantán. La contratamos el día anterior en el hostal (200 pesos cada uno). Así que después de madrugar un poquito (no mucho), enfilamos en el autocar hacia el primer destino. Nuestro guía (no recuerdo el nombre) resultó ser fabuloso. El camino es bien cortito, unos 15 km, y es seguida se puso a contar las características de los chamula, su manera de vivir, de pensar, su religión. Todo muy interesante y bien contado. Yo, que soy de ir por libre a todos los sitios, no me arrepiento de haber visitado este lugar con guía. De otra manera no hubiera entendido nada.
El recuerdo más impresionante del día fue, por supuesto, la visita a la iglesia de San Juan. 




Insisten muchísimo en el tema de las fotos dentro de la iglesia. Prohibido no, prohibidísimo…. Una vez dentro es como transportarte dentro de una película: la atmósfera con el incienso, las velas, los chamanes con las gallinas, las mujeres sentadas en el suelo, las imágenes de santos, el suelo de agujas de pino…
Realmente disfruté mucho mucho. Aparte de la iglesia el pueblo en sí no tiene gran cosa que ver. Un mercado con las cosas típicas, para la gente de allí, con las artesanías para los turistas en la entrada., pero aun así, la visita merece la pena.
Después nos dirigimos a Zinacantan, también otro pueblo bastante cerca, que aunque también son mayas, no se llevaban bien con los chamulas, por lo que sea… Temas del pasado. Aquí visitamos una cooperativa familiar, ejemplo del trabajo colectivo maya, donde son prácticamente autosuficientes. Según el guía están forrados, aunque no lo parezca. De todas formas serían estos, con la cooperativa y algo de suerte. No creo que todos tuvieran el mismo nivel adquisitivo.
En esta cooperativa nos enseñaron varias cosas, un telar de “cintura“, esos telares sólo les encontramos en algunos pueblos de México y de Guatemala, una cocina, nos dieron a probar pan y tortas y el guía nos explicó también cosas de su alimentación y de sus cultivos… y claro, acabamos comprando unos pañuelos a pesar de que sabíamos que nos clavaban… Y tanto que nos clavaron, que los mismos pañuelos los vimos por la tarde en el mercado a un tercio de lo que nos costaron. Pero eso si, para nada el guía nos dio la paliza para que comprásemos algo, compramos porque quisimos y porque habían sido muy amables con nosotros.



Comimos en el albergue, nos preparamos unos bocatas en la cocina y luego nos sentamos a comerlos en el banco del jardín



Por la tarde dimos un bonito paseo al pueblo. Nos cayó un chaparrón terrible, y nos tuvimos que refugiar en una cafetería. Luego a ver las iglesias, y sobre todo, el mercado, enorme y todo muy chulo. Allí compramos un par de chaquetas de punto y alguna cosita más. Y una mochila para mí, que la de mano había cascado…
La cena en un restaurante típico, la Salsa Verde, donde tomamos unas quesadillas estupendas y té de manzana con canela.



Y después de un día bien aprovechado, a descansar, que al día siguiente nos esperaba un largo viaje después del madrugón.

06 enero 2012

02-08-2010 El cañón del Sumidero.

Después de despedirnos del personal del hotel (recepción y camareros) y darles las gracias por todas las facilidades y el buen trato que nos dieron nos dispusimos a recorrer por última vez el camino del hotel hasta el metro. Si bien ahora íbamos cargados (y bien cargados: cabeza de indio y máscaras diversas que pesaban un quintal) no se nos hizo ni remotamente tan pesado como la paliza de la ida. Igualmente nos habíamos terminado por acostumbrar al metro, a sus cantantes y vendedores y a su letanía habitual: señores usuarios, en esta ocasión les presentamos…. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta. Acabamos comprando bolas de chocolate, un cd de rancheras, unas pulseras que eran reglas a la vez, según estuviesen dobladas o rectas (el regalo que más éxito tuvo en España entre los sobrinos de Adela )…
Con un poco de nostalgia dijimos adiós a todas estas cosas camino del aeropuerto, hacia nuestro próximo destino: la capital del estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez.
Teníamos pensado visitar el cañón del Sumidero, pero era la única parte del viaje que no había preparado. No sabía si nos iba a tocar alquilar un coche, o coger algún tour con alguna agencia turística… Porque luego íbamos a continuar hasta San Cristóbal de las Casas.
Así que mientras recogíamos las maletas en el aeropuerto yo iba echando un ojo a la concurrencia. Más del 90% eran mexicanos, pero había dos grupos, uno de tres personas y otro de dos que no lo parecían. Me acerqué primero al grupo de tres personas, pero el intento resultó infructuoso. Un poco cabizbajo, y no teniéndolas todas conmigo, me acerqué después a la pareja:
- Oye, perdona, vais a ir al Cañón del Sumidero?
- Sí.
- Y luego continuáis hasta San Cristóbal de las Casas.
- Sí.
- Y cómo lo vais a hacer? Vais en coche alquilado?
- Sí.
- Os importa que os acompañemos? Nosotros hacemos el mismo recorrido pero no tenemos nada contratado… Por supuesto que compartimos gastos del coche…
Después de consultar entre ellos estuvieron de acuerdo y nos permitieron acompañarles. La suerte nos sonreía de nuevo.

Eran una pareja, él español de Madrid, ella mejicana, que trabajaban ambos en Glasgow, químicos (otra casualidad), y que encima de hacernos el favor, no quisieron cobrarnos nada.
Llegamos en seguida al cañón, pero tuvimos que esperar un rato para completar la barca (viaje 165 pesos).
Las vistas del cañón hacia arriba son espectaculares. La cantidad de mierda que lleva el agua también. Todo es una masa de plásticos y botellas que arrastra la corriente. Pero si se mira hacia las paredes merece la pena. Espectacular lo que llaman el árbol de Navidad. El recorrido duró unas dos horas, durante las cuales, además de admirar el paisaje, vimos monos araña (o creímos verlos en la espesura), cocodrilos y pelícanos.






A la mitad de la vuelta se puso a llover de manera torrencial, y sacamos una lona para cubrirnos, más o menos. La sensación era divertida, ir a toda velocidad por el cañón, pero sin ver nada por la lona.
Después de ver el Cañón nos acercamos al pueblo de Chiapa del Corzo a comer. Allí invitamos a la pareja a un buen pescado, por todos los favores que nos habían hecho. El pueblo tenía buena pinta, y además estaban en fiestas. 



Pero como ya se nos empezaba a hacer un poco tarde, después de un pequeño paseo nos pusimos en marcha en dirección a San Cristóbal.
Llegamos casi anocheciendo. Después de dar las gracias a nuestros anfitriones, nos fuimos al albergue. Para San Cristóbal habíamos elegido el Rossco Backpackers. Es un albergue de mochileros, con habitaciones de hasta 20 personas, que también dispone de habitaciones privadas, como era nuestro caso. Es una casona con un jardín, con las habitaciones dispuestas alrededor. Todo estupendo.

Una vez hecha la toma de posesión nos fuimos a dar un paseo por la ciudad. Parece mentira que fuese aquí donde se sublevó el subcomandante Marcos. Todas las calles rezuman tranquilidad, lleno de locales turísticos que hacen que te olvides de que te encuentras en Chiapas, uno de los estados con más población indígena de todo México (esto no quiere decir que tenga que ser siempre así, pero es lo que nosotros vivimos).
Y sin más, después de una rica cena a base de pasteles en una panadería local, de vuelta al albergue, a prepararnos para el día siguiente.

05 enero 2012

01-08-2010 El D.F. (2)

(No me he escocido poniéndole el título, no)

Nuestro tiempo en el DF estaba llegando a su fin. Pero aún nos quedaban cosas por hacer.
Este día, por fin Adela iba a tener su clase de baile, un taller de danza tribal fusión con una bailarina mexicana llamada Adry Paniagua a quien había descubierto por videos de baile. Nos acercamos a uno de los innumerables barrios, que no era precisamente lo que se dice un barrio turístico. Nos tocó andar una media hora desde la parada de metro, por unas calles que daban cosica… pero claro, eso es la inseguridad de lo desconocido. Mientras Adela estaba en su clase, cuatro horas de curso, yo había quedado con Rafa, un amigo de mi hermano que estaba allí trabajando. Al pobre hombre le costó encontrar el sitio, y llegó con una sudada terrible. Mi idea original era aprovechar el rato de la clase para acercarnos a ver el famoso Estadio Azteca, donde Maradona marcó el gol con la mano en la final del mundial contra Inglaterra. Pero claro, con el retraso ya no nos dio tiempo, así que nos acercamos al parque de Chapultepec, que al ser domingo estaba muy animado. Como no encontraba la salida pregunté a unos policías turísticos que paseaban por allí. Después de hablar con ellos Rafa me dijo algo así como: pero que haces, insensato (que a mi me sonó como cuando Gandalf cae con el balrog en el puente de Moria y dice eso de: corred, insensatos!!!). Y ya me empezó a contar todos sus problemas con la  corrupción de la policía, las veces que le habían parado, las mordidas y todas esas situaciones indeseables que no debieran existir.



Al terminar el agradable paseo volvimos a buscar a Adela. En esta ocasión pasamos por unas calles más animadas, con puestos de feria, de comida (donde compramos unos panecillos y unas tortas para comer) y carruseles. Así el barrio se veía con otros ojos. Adela salía encantada, pues Adry no solo es una buena bailarina y una buena profesora, también es una chiquita muy simpática y cariñosa, y además se portó, y nos acercó a la estación de metro (ahorrándonos a Rafa y a mí el cuarto paseo por la zona).

Como ya no nos quedaba mucho tiempo en el DF nos acercamos a un mercado cercano a Reforma para hacer las últimas compras. Nos gustó bastante, pero es muy turístico. Compramos un montón de cosas, después de los consiguientes regateos. Lo que más me llamó la atención, las máscaras de luchador mexicano. A mi me parecían todas iguales, pero el vendedor se sabía los nombres de los luchadores que las llevaban de memoria. El más famoso: Rey Misterio.

Y para terminar la tarde, una vuelta, casi de despedida, por el Paseo de la Reforma, para poderlo disfrutar caminando. Allí acabamos cenando y despidiendo a Rafa de vuelta, él a su hotel, y nosotros al nuestro.



04 enero 2012

31-07-2010 Taxco, la ciudad de la plata


Si el día anterior nos tocó viaje largo, este día nos toco viaje más largo: a Taxco, la ciudad de la plata (bueno, Taxco de Alarcón).
Como íbamos a salir muy pronto del hotel y no asistiríamos al desayuno, avisamos en la recepción del hotel y ellos amablemente se ofrecieron a prepararnos algo para tomar y nos lo llevaron a nuestra habitación por la noche
Después de un buen madrugón, de pegar la hebra en la estación de autobuses con un paisano, y de un viaje de alrededor de tres horas, llegamos a Taxco.
Bueno, llegamos a la parte más baja de Taxco, que se asienta sobre unas colinas. No es una ciudad llana, precisamente. Así que ala, para arriba. Una cuesta que daba miedico.
Realmente no es una ciudad muy grande, y todo lo interesante está situado alrededor de la Parroquia de Santa Prisca, así que llegamos enseguida. 



Después de un reconfortante café para reponer las fuerzas por la agotadora subida, nos lanzamos a ver lo más importante de Taxco: las tiendas de plata. Quizá sea una exageración, pero cada local es una tienda de plata. También hay algún café o restaurante, pero no recuerdo haber visto otro tipo de negocios. 




Y todos intentan que entres en el suyo. No sé la de tiendas que pudimos ver. Bueno, no solo ver. También comprar: que si para mi madre, que si para la de Adela, que si las hermanas, cuñadas, sobrinas, primas y demás familia…. Todas fueron bien surtidas con las compras. Encontramos joyas de plata muy bonitas y originales y de excelente precio.


También compramos cosas para nosotros, y algún otro regalo que no fueron de plata, sino unas máscaras bien chulas (luego las vimos más baratas más adelante, pero como vete tú a saber si las íbamos a encontrar, creo que hicimos bien en comprarlas).
Por supuesto que no todo fueron compras: visitamos la Parroquia de Santa Prisca, y alguna que otra iglesia.


La comida la hicimos en un restaurante en la plaza, justo enfrente de la famosa iglesia, en un sitio llamado La Parroquia. Este local nos lo había recomendado el señor con el que estuvimos platicando en la estación de autobuses y acertamos siguiendo su consejo. Nos dieron uno de los balconcillos que daban a la plaza, y se estaba genial. 

La comida también estuvo estupenda. El día anterior me vi obligado a elegir entre los chiles en nogada y el mole poblano, así que este día me desquité eligiendo el segundo. Adela se pidió unos crepes de cajeta que le supieron a gloria. El camarero pasó un poco de nosotros, ya que fuimos tarde a comer, pero como estábamos tan a gustito no nos importó mucho que se demorara en servirnos (realmente nos juntamos con algunos que fueron a merendar…).


 Y para que no nos pasara lo del día anterior, de andar con agobios para llegar a la estación a tiempo (que aquí realmente no existe estación como tal, sino que para en una plaza), bien prontito emprendimos el camino de vuelta. Eso sí, haciendo alguna que otra parada técnica en alguna tienda que había quedado desatendida por la mañana…

Como resumen de las tres excursiones que hicimos desde el DF, yo me quedaría con la de Teotihuacan, para mi imprescindible. La siguiente elegiría la de Taxco, aunque lo que mayormente hiciéramos fuera comprar, pero es que el pueblo es muy acogedor.
Puebla no es que no me gustara, pero es más similar a lo que ya conozco, y aún gustándome, no me llamó tanto la atención.

03 enero 2012

30-07-2010 Puebla


Este día nos tocó excursión larga: a Puebla (bueno, el nombre es la Heróica Puebla de Zaragoza, o algo así, pero para entendernos más fácilmente, Puebla). Está a unas dos horas del DF.
Es una ciudad bastante grande, por lo que la estación de autobuses se encuentra alejada del centro. Así que para acercarnos tuvimos que coger un combi. Pasan catorcemil, cada uno de un padre y de una madre, con los carteles de los destinos escritos en el parabrisas. En cuanto vimos uno que ponía Zócalo, para allá que montamos. Intentando seguir más o menos en el plano el trayecto, medio adivinamos nuestra parada, que nos dejó bastante cerca de la zona vieja.
Esta zona está estupendamente conservada y/o restaurada, con todas las casitas pintadas de colores vivos, y da gusto pasear por las calles. Vimos la Iglesia de los jesuitas. 


Y luego ya nos acercamos al zócalo. Allí está la catedral, que personalmente me gustó bastante más que la del DF.



Después de callejear un rato nos acercamos a ver el museo Amparo, ya que nos habían recomendado vivamente que no podíamos dejar de ir a verlo. La verdad es que el museo no es la bomba, pero no está mal. Lo que pasa es que cuando te recomiendan algo mucho, luego te medio decepcionas.
Como ya habíamos hecho hambre, nos acercamos a comer a la plaza del Zócalo, a uno de los laterales con soportales, concretamente en el restaurante Mi Viejo Pueblito, que nos encantó. Aquí probamos los famosos chiles en nogada. Es un plato que no puedes degustar siempre ya que sólo lo preparan en temporada de nueces y nosotros tuvimos la suerte de estar en la fecha oportuna. Espectaculares. Cuenta la leyenda que fueron el invento de unas humildes monjas, para obsequiar la visita de nosequé personaje importante, y que tiene los colores de la bandera mejicana: verde de los chiles, rojo de la granada, y blanco de la salsa de nuez.

En el restaurante coincidimos con una señora de Logroño, que tenía familiares en México y había ido nosecuantas veces. Nos comentó:
- Habréis ido a la capilla del Rosario…
- ¿capilla del Rosario?¿Mande?.
- Hombre, será posiblemente de lo más bonito, no ya de Puebla, sino de todo México.
- Ah, pues ni idea, pero habrá que ir a verla…
Así que para allá que nos fuimos. Es una capilla lateral que está dentro de la Iglesia de Santo Domingo. En cuanto la vimos, nos quedamos alucinados. Está totalmente cubierta de pan de oro de 23 quilates, donación del pueblo. La luz entra por las vidrieras de la cúpula haciendo brillar el oro. Nosotros estuvimos sobre las 6 de la tarde, cuando empieza a cambiar la claridad del día y dentro de la capilla con los juegos de luz se originaban unos  reflejos increíbles. Mientras contemplábamos este espectáculo sentados en uno de los bancos del templo, un “ guía voluntario “ , nos relataba todo la historia del lugar, de forma didáctica y entretenida y nos descubría pequeños detalles del artesonado que ante tanta belleza global podían pasarnos desapercibidos. Estuvimos más de 30 minutos sentados allí disfrutando de esta belleza.




También intentamos ver la biblioteca palafoxiana, pero cerraba pronto, y cuando fuimos ya no hubo manera (por cinco minutos, cagüen….).
Y de nuevo, entre paseíto y paseíto, se nos hizo la hora de abandonar esta bonita ciudad, hacia el DF.
Por el camino para tomar el combi de vuelta hacia la CAPU (la estación de Puebla), al pasar por una iglesia, vimos que a la puerta había  un grupo de mariachis que empezaban a cantar y que entraban,  y allí que nos metimos nosotros detrás para ver que era aquello. Se trataba del acto de graduación de la Facultad de Medicina. Sólo estuvimos un ratito, que se nos echaba el tiempo encima.
Y vaya si se nos echó… Cogimos el combi relativamente pronto, pero con lo que yo no había contado era con la hora punta de Puebla. No voy a decir que similar a la del DF, pero vamos, que si lo juntas con las calles que estaban en obras no avanzábamos de ninguna manera.
Angustia, sudores, carreras… Al final llegamos cinco minutos más tarde de la hora de salida del autobús de vuelta. Que afortunadamente había llegado tarde de su destino anterior y todavía no había salido.
Así que fue montarnos en él y arrancar. De nuevo la suerte de nuestro lado.

02 enero 2012

29-07-2010 Teotihuacan

Después de desayunar nos dirigimos a la estación para coger (allí es tomar) el autobús que nos llevara a Teotihuacan (35 pesos la ida, y otros 35 la vuelta). Llegamos pronto a la estación, para asegurarnos que cogíamos el horario que nos interesaba. Habíamos leído bastante sobre los autobuses mejicanos, que si de lujo, de primera… Todas muy buenas críticas. Y la verdad es que se responden a la realidad en todos los casos que nosotros conocimos. Todos superlimpios, todos supercómodos… Todos, menos este, que olía a chotuno que tiraba p’atrás…
De todas formas el camino hasta llegar a las pirámides es muy cómodo, y vas viendo los barrios del DF según vas saliendo, cómo se ocupan todas las colinas, las casitas de colores… Me gustó el viaje.
Otra cosa que sorprende de los sitios turísticos, yacimientos o como lo llames, en México, es que los vendedores de artesanías, además de en las entradas/salidas, con sus tenderetes, están también dentro de los recintos.
Teotihuacan nos gustó mucho (entrada 51 pesos). El recinto tiene una entrada, pero tres o cuatro salidas. Primero vimos la zona de la pirámide de Tlaloc y Quetzalcoatl, situada de frente según entras.



La pirámide del Sol es impresionante. No en vano es la tercera más grande del mundo. Cuando estuvimos  nosotros se podía subir hasta arriba, y allá que fuimos. Yo pensaba que se iba a hacer más duro, pero me pareció asequible. Está bien organizado, con un camino de subida y otro de bajada para que no haya problemas. Y las vistas desde arriba, espectaculares.


Luego, en la pirámide de la Luna, no te dejan subir hasta arriba. Está un poco peor conservada y no me extraña que no lo permitan, porque las escaleras están bastante escarpadas (aunque es una pena para intrépidos aventureros como yo). Desde allí se ve una bonita perspectiva de la Calzada de los Muertos. También vimos el templo de los Jaguares. 




Y por supuesto los puestos de artesanías. Compramos, después de mucho regatear, y subir, bajar, irse, venirse, perseguirnos, perseguirle, una figura de obsidiana dorada (en México aprendimos que hay cuatro tipos de obsidiana, dorada, plateada, negra y arcoiris, dependiendo del color que refleje al incidir sobre ella la luz) que representa cabeza de un indio que nos pareció preciosa.



El autobús de vuelta ya fue otra cosa, limpio, con un aire acondicionado que nos vino divinamente…
Al llegar al DF de nuevo anduvimos callejeando por los alrededores del Zócalo. El cielo del atardecer nos permitió disfrutar del palacio de Bellas Arte, del edificio de correos y otros bastante chulos. Cuando ya anochecía, oímos música que provenía de un bar situado primer piso, y  pensando que era música en directo decidimos subir a tomar una cervecita. Música en directo ese día que era jueves, no había pero el camarero, muy amable, nos comentó que los viernes y sábados si que tocaban allí y que se podía bailar. Era un amplio salón decorado con grandes espejos y allí se estaba divinamente. Así que nos tomamos un par de cervecitas animados por buena música. ¡¡ Nuestra primeras “Coronitas” puramente mexicanas!! (aunque allí son Coronas, y cuando pides coronita te miran raro).


Y para cenar, lo que nos habían advertido de nuevo que no se nos ocurriera: tomar tacos al pastor en un puesto callejero. A mi me supieron a gloria, y afortunadamente no tuvieron consecuencias funestas.


01 enero 2012

28-07-2010 San Ángel y Coyoacán


Nuestro plan para este día era recorrer San Ángel y Coyoacán. Para ir a San Ángel fuimos a coger un metrobus. Aquí nos encontramos con la agradable sorpresa de un señor, que nos invitó al transporte. La cosa es que tienes que comprar un bono de nosecuantos tickets, y a nosotros no nos interesaba, y el hombre este, típico mejicano gordito y con bigote, pues tuvo el detalle de pagarnos el trayecto.
Una vez que llegamos allí, nos dedicamos a recorrer el barrio, callejeando sin prisa y sin destino fijo. Vimos la iglesia de San Ángel que da nombre al barrio (no tiene mucho que ver), y las casas del barrio, que son alucinantes. Vaya mansiones!!!

Y así, deambulando, acabamos en la casa-museo de Diego Rivera, que visitamos y nos gustó bastante. Sobre todo el estudio, donde hay muestras de los colores que usaba, y diversos bocetos. Un poco más tétrico nos pareció la cama en el cuarto donde murió, pero ya se sabe la relación que tienen los mejicanos con la muerte.
Después de San Ángel nos dirigimos a los viveros de Coyoacán. Estaban llenos de ardillas y de gente corriendo. 
Por fin acabamos en el barrio de Coyoacán, otro de los barrios “bohemios” (junto con San Ángel), donde se encuentra la casa de Frida Kahlo y la de Trostky (que no vimos).
Aquí nos entretuvimos en degustar unos helados en la plaza, bastante famosos y riquísimos (recomendamos especialmente probar el de Cajeta)… 
 


Allí al lado hay un mercadillo que está bastante bien y merece la pena echar un vistazo.
Luego nos fuimos a comer a unos puestos típicos que hay allí, al lado de la plaza, unas quesadillas... Yo creo que debíamos ser los únicos extranjeros que había allí comiendo. Había muchos puestos, muy parecidos, y era curioso porque la gente se compraba la comida en un lado, la bebida en otro… y no había problema por sentarte con comida de otro lado.
Y después de comer, un cafetito, también allí mismo, en la plaza, al lado de la iglesia.
Cuando salimos del café empezó a caer una chupa como si se hubieran abierto todos los grifos… Nos tuvimos que refugiar en una carpa, a la que acudieron todo tipo de vendedores de los que no era posible huir, por el riesgo de quedar calado hasta el tuétano.
Por fin se hizo la hora de irnos al siguiente evento importante: la clase de baile, danza tribal de Adela. Para ellos cogimos un taxi allí mismo. Por supuesto en una parada oficial. Nos dijeron el precio antes de salir. Como estábamos de acuerdo, adelante.
El DF es tan grande que el taxista no tenía mucha idea de cómo llegar. La zona estaba clara, pero luego tuvo que echar mano de un mapa que afortunadamente llevaba yo. El hombre, con toda su buena voluntad, al final nos acabó llevando, a pesar que casi ni entendía el mapa.
La sorpresa nos la llevamos al llegar al estudio de baile, pues nos dijeron que la profesora se había hecho un esguince en el pie y no iba a poder dar la clase. Así que todo desilusionados emprendimos cabizbajos el camino de regreso… Luego nos enteramos de que, dado que iba a ir Adela, hizo el esfuerzo de ir a dar la clase, pero en el estudio no lo sabían y como no tenía nuestro número de móvil sólo pudo contactar con nosotros enviándonos un correo que no vimos hasta la noche una vez llegados al hotel…
Nos acercamos a la zona del Zócalo, a recorrer las calles con tiendas de ropa actual, de esas que hay ahora en todas las ciudades debido a la globalización, joyerías especializadas en piezas de oro y bares de comida rápida no mexicana, tipo McDonalds. Una zona muy animada, y con bastantes edificios interesantes. Y de vuelta al hotel, a dormir, que al día siguiente tocaba levantarse pronto.

31 diciembre 2011

27-07-2010 El D.F.


Después de desayunar en el hotel (un desayuno muy correcto), nos dispusimos a efectuar los primeros trámites.
Lo primero que hicimos fue acercarnos a un banco para que Adela pudiera hacer la transferencia para la clase de danza. Fue una de las ocasiones en las que pudimos comprobar la amabilidad de la gente que atiende de cara al público.
A continuación, y tras desandar el camino que hicimos el día anterior al metro, y que en esta ocasión, de día y tras haber descansado, nos pareció de risa, fuimos a la estación de autobuses para comprar los billetes de Palenque a Mérida, a Puebla y a Taxco.
Sé que fuimos a dos estaciones, pero no me acuerdo qué compramos en cada una.
Yo, entre otras cosas, es que soy un impaciente, y lo primero que quiero hacer cuando llego a los sitios, es terminar los trámites que no he podido hacer desde aquí. Así que después de todas las prisas por comprar los billetes, nos encontramos que fuimos los primeros en escoger…
Una vez resueltos todos los trámites “obligatorios” ya nos dispusimos a disfrutar la ciudad.
La primera visita es casi obligada: la plaza del Zócalo. Aquí visitamos la catedral (aún sin ser fea, nos defraudó un poquillo, quizá porque esperábamos algo más), y vimos actuaciones de gente “vestida” de manera tradicional, con las plumas, los sonajeros y todos los accesorios del “kit del buen indígena”.


Luego nos dimos una vueltecilla por los alrededores, intentado dar con la entrada al palacio presidencial, ya que la plaza estaba en obras. De camino vimos la Iglesia de Santa Lucía y un museo que no nos dijo demasiado.

Finalmente encontramos la entrada. Tuvimos que enseñar los pasaportes para poder entrar. La verdad es que cuando nos plantamos ante los famosos murales de Diego Rivera nos quedamos boquiabiertos y ojipláticos por igual. Son una maravilla, alucinantes… Nos quedamos allí más de una hora contemplándolos…

Bueno, y escuchando las explicaciones del guía de un grupo que había por allí… Es lo que tiene el ir por libre, que tienes que hacer como que no prestas atención para no parecer un jeta, pero poniendo la oreja para enterarte de lo que explican…



A la salida nos dirigimos ya a ver las ruinas del Templo Mayor. Tuvimos que hacer un ratillo de cola a la solana, pero tras una media hora, entramos (51 pesos por persona). Las ruinas están bastante bien, y te haces una idea de cómo pudo haber sido. Pero lo que verdaderamente a mi me gustó fue el museo. Quizá me gustó casi más que el Museo Nacional de Antropología, que vimos luego esa misma tarde. Está más recogido, y muy bien explicado. El otro es muchísimo más grande, y después de la paliza de todo el día, y queriendo ver todo, quizá no lo disfrutas como debieras…



 Total, que después de ver el museo, se nos habían hecho las cuatro de la tarde, y sin comer… así que nos fuimos al Turisbus (125 pesos por persona), que se coge en el otro extremo de la plaza del Zócalo. Allí, sobre la marcha, nos comimos unos bocatas de jamón serrano que ya llevábamos preparados, y que como todo el mundo sabe, es lo mejor para la sed y el calor…
El Turisbus creo que es una buena opción para ver las principales cosas, si no se tiene mucho tiempo, y aunque sea una turistada, en este caso creo que compensa. Nos llevaron por el edificio de Correos, la plaza Garibaldi, el paseo de la Reforma, con sus plazas, estatuas y fuentes, el parque de Chapultepec… y allí cerca nos bajamos en el Museo Nacional de Antropología.
Como ya he dicho antes, es una pasada y está muy bien organizado, pero es tan extenso que hace que, por querer verlo todo, no lo disfrutes plenamente. Aun así, ver la piedra del sol en vivo y en directo, vale la pena. Y Quetzalcoatl, y Tlaloc, y Tlaltecutli….
Así que aquí estuvimos poquito más de una hora, porque a las 6 creo recordar que cierran



Luego fuimos a recuperar el Turisbus a la parada donde nos había dejado, para terminar de completar el recorrido…. Ja, ilusos… A esa hora es la hora punta de México, que por un lado merece la pena conocer, pero por otro te hace una gracia que no veas. Así que después de más de media hora para llegar a la siguiente parada, decidimos bajarnos, cruzarnos la calle y tomar el siguiente que viniera en dirección contraria, ya que veíamos que nos quedábamos tirados en medio de la nada… Así aprovechamos para deambular un ratillo por los alrededores del Auditorio Nacional, esperando el bus.
Ya de vuelta nos dejó en el paseo de la Reforma, tras haber recorrido la colonia Roma, muy cerquita de donde teníamos el hotel. Entramos en una especie de centro comercial, matando el rato sin saber muy bien qué hacer hasta llegar al hotel, y ya, cuando nos dirigíamos a dormir, pusimos a prueba por primera vez nuestros estómagos contra la venganza de Moctezuma, comiendo tacos en un puesto callejero.
Así acabó nuestro primer día completo en el DF.

30 diciembre 2011

26-07-2010 Llegada al D.F.

(Sí, ya sé que no es información actualizada, pero más vale tarde que nunca)


Después de muchas vicisitudes con los billetes de avión (primero los compramos con escala, nos lo anularon, luego entrábamos por Cancún y salíamos por el DF, y también nos lo anularon, hasta que finalmente conseguimos lo que queríamos) por fin llegamos a México DF.
No sé por qué pero casi siempre nos ha cuadrado así: tenemos que salir de casa de madrugada, casi sin dormir, para llegar a Madrid al aeropuerto con tiempo suficiente, lo que hace que cuando lleguemos a destino no hayamos pegado ojo prácticamente en 24 horas. Si a eso le añadimos la paliza del viaje, nos encontramos con que estamos muertecitos…
Total, que una vez pasados los trámites de aduana sin mayor problema, nos dispusimos a adentrarnos en la vorágine de la ciudad. La primera impresión del metro fue bastante desagradable: ruido, calor, paliza del viaje, gente pidiendo, gente vendiendo, preocupados por todas las historias de inseguridad que habíamos oído…
La verdad es que solamente fue la primera impresión, sin duda influenciados por el cansancio. El resto de los días que cogimos el metro (todos), sin duda ya acostumbrados a los vendedores, es como cualquier metro de otro sitio… Al final guardamos el recuerdo del metro con cariño.
El llegar al hotel (Hotel del Principado) también se nos hizo cuesta arriba. Las distancias, cargados con maletas, se alargan el doble, y con el cansancio ni te digo. Así que cuando llegamos al hotel, nos quedamos directamente ahí, ya que era de noche, en un sitio desconocido, y decidimos esperar al día siguiente a recorrer los alrededores.
Hay que decir que en el hotel se portaron estupendamente con nosotros, nos dieron indicaciones para todo, nos facilitaron el funcionamiento de la caja fuerte para dejar el dinero y pasaportes… Total, un 10 al trato del personal.

29 noviembre 2011

13 al 15-08-11 Los últimos de Lima

Y ya el viaje estaba llegando a su fin. Nos llevaron del hotel al aeropuerto, por supuesto que en un taxi seguro, y después de un cómodo vuelo llegamos de nuevo a Lima, donde una vez más, gracias a nuestra amiga Angie, otro taxi seguro nos esperaba allí. En Lima ya nos dedicamos a comer y beber, básicamente. Pudimos comprobar en nuestras carnes (y nuestro paladar) las bondades de la rica cocina peruana, una cocina basada en la fusión pero donde los ingredientes tradicionales son fundamentales. Pudimos probar de todo, carnes, pescados… Lo que más me gustó: los rollitos de sushi mezcla de varios estilos. Aunque he de decir que el ají de gallina (que no pedí pero probé) estaba también exquisito. Y los postres, por supuesto…

Ají de gallina

Lomo saltado (que no salteado)

Corvina con miel de jerez
Anticucho de ternera


Angie y Nacho, nuestros perfectos anfitriones, comiendo Gabriella y Atún al aroma tres pimientas

Pero no todo fue comer. Algún pisco sour más cayó…
Y entre medias, algún que otro paseíllo para disfrutar de la noche limeña. Del puente a la alameda, menudo pie la lleva, por la vereda que se estremece… Visitamos la plaza la armas, con su catedral, bien iluminada por la noche, alguna iglesia de los alrededores, todo lleno de gente y de vida, como una ciudad debe ser. 


También, acompañado de Nacho, pude visitar el museo nacional de Antropología, pero me decepcionó un poco.


Angie, además de todo lo que había hecho, tuvo la amabilidad de cogerse vacaciones para estar con nosotros el último día (bueno, yo creo que fue para irse de compras con Adela, ejem…).
Y así se terminó, de vuelta al aeropuerto, de nuevo viaje largo y sin casi pensarlo (como ya he dicho tengo dificultades en dormir en los aviones, jeje) de vuelta a casa y a preparar el siguiente, por supuesto…