lunes, 22 de mayo de 2017

Escapada a Chaouen. Del 13 al 16 de abril de 2017


Volvemos una vez más, esta vez con una pequeña escapada en Semana Santa a la bonita ciudad de Chaouen, Chefchaouen, Xaouen, o como la queráis llamar. Con una gran influencia española (incluso los letreros con los nombres de las calles están en árabe y en castellano) es un lugar perfecto para un viaje corto. Yo llevaba con ganas de llevar a Adela desde hacía tiempo, un poco para recordar aquel viaje épico que hice en 2001, y también porque sabía que le iba a encantar. Y después de sopesar distintas alternativas para viajar en estas fechas, y que ninguna nos acabara de convencer del todo, no sé cómo me acordé de este sitio, y para allá que fuimos.
El vuelo desde Madrid con Ryanair hasta Tánger fue puntual, y de apenas una hora de duración. En Tánger alquilamos un coche con la compañía Budget, sin ningún problema. El primer tramo de carretera estaba bastante bien, con rotondas cada pocos kilómetros, pero el último tramo, al dejar la autovía, se encontraba en obras y se hizo un poco pesado. Tardamos casi dos horas y media en recorrer los 130 km. que separan el aeropuerto de Tánger de Chaouen. Y como suele pasar el gps que nos había dirigido sin problemas por las carreteras, al llegar a la ciudad se despista completamente y nos mete por unos sitios prácticamente imposibles. Nos costó casi otra media hora llegar al alojamiento, el Usha Guesthouse, de lo poco asequible que encontré para estas fechas. Estaba bastante bien, y relativamente cerca de la plaza, y tras tomar posesión salimos a una primera toma de contacto con la ciudad.



La primera tarea era encontrar una modista que pudiera hacer a Adela un conjunto para sus ensayos de baile. Se había traído una tela que había comprado en Myanmar desde casa, y preguntando en la Cooperativa de Artesanos en seguida le dirigieron a una. Además como Adela habla perfectamente francés, aquí estaba tan a gusto, sin la sensación de depender de mí para muchas cosas.



Ya había anochecido, así que tras callejear un rato nos acabamos dirigiendo a la plaza, donde se encuentran la mayor parte de los restaurantes. Cenamos una rica sopa y un tajine con un té a la menta (que verdaderamente no era a la menta, sino al azahar) y unos dulces típicos de postre, y de allí ya a dormir.

El día siguiente, viernes santo, nos los tomamos con toda la calma del mundo. Aun así, en parte por estar acostumbrado a madrugar y en parte por el cambio horario (en Marruecos hay una hora menos), a las nueve ya estábamos desayunando un completo desayuno de huevos fritos, tostadas, té (o café), zumo natural, mantequilla y mermelada y fruta en la terraza de la parte superior. A estas horas hacía un poco de fresco, pero estuvimos en el mirador tan a gusto.
Cuando estuvimos preparados para ponernos en marcha el chico de la recepción se empeñó en llevarnos a los lavaderos de ropa, que estaban justo detrás del hotel. Allí ya había bastante gente, y también varias señoras frotando al modo tradicional en las tablas de lavado que se usaban antiguamente.


Esto se encuentra en la parte inferior del pueblo, así que no nos quedaba otra que subir y subir, y a pesar de que el calor empezaba a aparecer, al entrar en el pueblo, por la disposición de sus calles estrechas, casi no se notaba. Lo que sí que se notaban eran las cuestas, así que decidimos subir arriba del todo, casi del tirón, para ir luego bajando progresivamente.






Cuando me pareció que estábamos cerca de la plaza hicimos ya la última parte de la bajada, pero había calculado mal, y aparecimos fuera de la muralla, bastante más lejos y bastante más abajo. Nos tocó rodear por la parte exterior para llegar a la plaza. La idea de ir a la plaza era por sentarnos tranquilamente a tomar un té a la menta antes de comer. Así lo hice en una terraza en la que prácticamente yo era el único turista. Adela prefirió callejear otro poquito hasta la hora de comer. Cuando apareció nos trasladamos a la terraza de al lado, llena de turistas, donde iban acoplando a la gente cuando parecía que ya no cabían más. Comí una sopa y un cuscús, bastante bueno, pero a pesar de que estabámos bajo una lona pegaba bien el calor, así que nos acercamos al hotel a descansar un rato y echarnos la siesta, que en nuestra habitación se estaba bien fresquito.






La idea principal del viaje era relax, así que nos quedamos un rato leyendo en la habitación, y cuando decidimos que ya estaba bien pusimos en marcha la idea secundaria del viaje, que era hacer compras. Volvimos a recorrer el camino a la plaza y de allí a las calles aledañas. Y menuda diferencia con los vendedores de Marrakech, pesados e insistentes hasta el hartazgo. Aquí te indicaban, por favor, visita mi tienda. Cuando les decías: no, gracias, ya no te lo volvían a repetir. Por ello paseamos con muchísima tranquilidad y sin ningún agobio, quitando que al ser Semana Santa estaba todo lleno de españoles dando voces por todos los lados, sobre todo andaluces.
A última hora de la tarde, poco antes del anochecer, nos acercamos a un mirador que hay frente al pueblo desde el que se disfuta una bonita panorámica. Anduvimos un poco justos de tiempo, casi que al final me toco correr cuesta arriba para pillar cómo los últimos rayos de sol se ocultaban tras las montañas.



Es increíble cómo cambia la temperatura en pocos minutos.
Nuestro hotel quedaba cerquita, así que nos acercamos a dejar las compras y coger una "rebequita" para salir a cenar. El sitio ya lo tenía claro: el mismo en el que me alojé en mi primer viaje a Marruecos. 16 años después todavía me acordaba de su situación. Sin querer repetir ni tajine ni cuscús que ya había probado en el viaje, me decidí por una pastilla, una especie de empanada crujiente de pollo adobado con almendras y más cosas y que estaba riquísima. Tras un breve paseo para bajar la cena, a dormir, que habíamos estado casi todo el día pateando.







El objetivo del último día era claro: comprar unos apliques para coser en la ropa de baile. El día anterior el chico del hotel nos había querido liar para hacer una excursión, que según él todo el mundo acaba encantado, a un pueblecito como a una hora en coche, Akchour, a ver unas cascadas. Resulta que investigando para llegar a las famosas cascadas había luego que patear por el monte otras tres horas de subida continua, y eso ya no estaba en los planes. Así que desechamos esa idea y nos marchamos a buscar los apliques. Adela empezó a preguntar a la gente, enseñando fotos en el móvil, y unos nos mandaban para arriba, y otros para abajo. Total, que anduvimos perdiendo el tiempo un rato, sube-baja, hasta que como bastantes nos indicaban hacia el mercado nuevo, tratamos de llegar. Efectivamente estaba en la parte nueva de la ciudad, pero una vez allí vimos que no íbamos a encontrar nada de eso. Pero bueno nos sirvió para conocer esa zona.
Adela no se rendía, y seguía preguntando. Le decían un nombre, y no entendíamos nada. Llegamos a la puerta por la que habíamos salido el día anterior y al final apareció el hombre famoso al que desde hace un rato todos nos dirigían. Era una tienda pequeñísima, en medio del zoco, en la que casi no entrábamos los dos. Pero el buen señor tenía los apliques. Si bien es cierto que no era exactamente lo que Adela quería, como no había otra cosa se tuvo que conformar. 
Luego seguimos callejeando el resto de la mañana. A veces teníamos la impresión de que ya habíamos pasado por esas calles antes, y yo llegué a pensar que el resto del día se resumiría a recorrer los mismos lugares una y otra vez, pero siempre aparecía un nuevo rincón distinto por descubrir, de modo que no se nos hizo nada pesado.


Aprovechamos también para visitar la Kasbah, con un precio de entrada de 1€ (creo recordar). No es que valga para mucho, pero bueno, por cambiar un poco, salir del laberinto de calles y subir a la torre para ver las vistas, que sí que merecen la pena.


Cuando llegó la hora de comer decidí repetir la pastilla del día anterior, y en el mismo sitio además, porque me había encantado. Además me tocó en una mesa mirando a la calle, y ahí estuve entretenido viendo pasar a la gente.



Luego marchamos, al igual que el día anterior, un rato a descansar al hotel. Aquí Adela cometió el error de preguntar a mi madre si quería un anillo y claro, luego nos pasamos toda la tarde con el anillo, casi como Frodo. Como esta tarde era lo último que íbamos a estar aprovechamos para rematar los regalos para todos, incluso yo intenté comprarme una chaqueta, pero me tiraba la sisa...
También fuimos a recoger el conjunto que había encargado Adela, que quedó encantada de cómo se lo habían hecho. Y casi al final del todo, cuando ya nos planteábamos cenar y recoger, aparecimos en un rincón bien chulo, de esas sorpresas que al final siempre guarda Chaouen, y que nos sirvió para pensar en cuántas cosas nos quedarían por descubrir.



La cena la hicimos en la propia plaza, la temperatura era excelente, y estuvimos observando el ambiente. las idas y venidas de la gente. Para terminar compramos unas pastas típicas en una panadería que seguía abierta a esas horas, y de vuelta al hotel.

Nuestro último día en Marruecos. A la hora del pagar el hotel tuvimos un pequeño malentendido. El chico de la recepción decía que 40€ la noche, y yo que en la reserva tenía 30€, y él que en la lista que tenía ponía 40€. Así estuvimos un rato. Yo le enseñaba su página web donde ponía 30€, hasta que al final llamó por teléfono a la dueña, se acercó el marido por allí, le enseñé la reserva y me dijo que ok, que los 30€. 
Nos pusimos en marcha hacia el aeropuerto, pero antes de dejar el coche quisimos aprovechar para visitar una localidad a 40 km del mismo a lo largo de la costa: Asilah, o Arcila en castellano. Se trata de un pequeño pueblecito con las casas de paredes blancas, frente al mar, muy agradable. Como es tan pequeño lo recorrimos en una hora, y entonces ya sí, volvimos al aeropuerto, dejamos el coche sin ningún problema (ni se molestaron en mirarlo) y cogimos el avión de vuelta a casa, a empezar a preparar el siguiente viaje.