Segundo y último día en Cartagena. La mayor parte de la gente que viene a esta zona aprovecha para ir a Tayrona, Santa Marta o las islas caribeñas de Colombia, pero a nosotros no nos daban los días. Preferimos priorizar otras zonas.
Nos despertamos con una alegre tonada que repetían una y otra vez desde bien temprano. Como estás medio dormido no prestas atención a la letra, y al principio pensamos que era un mercadillo que habrían montado en la cercana plaza de los coches. Pero ya en el desayuno nos dimos cuenta que era una canción para poner de manifiesto las bondades de Álvaro Uribe, expresidente, injustamente encarcelado por defender a su país (eso decían). Era increíble el show que tenían montado, pero no me atreví a hacer fotos por si a alguien le pudiera sentar mal.
Lo primero que hicimos fue coger la cámara buena y acercarnos al parque del centenario para intentar fotografiar al titi de cara blanca. Unas chicas que vendían botellas de agua nos indicaron dónde estaba.
Hicimos algunas compras en la puerta del parque y después volví al hotel a dejar el equipo y coger el de batalla, que no quería ir yo por ahí paseando cargado. Nuestro destino era el castillo de San Felipe de Barajas, así que para llegar a él fuimos caminando por el barrio de Getsemaní. Nos gustó mucho, tanto que si algún día decidiéramos volver nos alojaríamos en este zona sin dudarlo, huyendo un poco del guirigay del centro, donde la música de las discotecas no nos dejaba descansar.
El día antes le había estado contando a Adela la gesta de Blas de Lezo, al defender Cartagena del ataque de los ingleses, así que la visita al castillo la disfrutó bastante. No tanto como para olvidarse de comprar regalos, pero sí que la disfrutó. Luego nos acercamos a ver la escultura de los zapatos viejos. Fue el día que más calor pasamos de todo el viaje.
Como no había mucho más que ver por aquí y casi se había hecho la hora de comer, nos acercamos de nuevo al barrio de Getsemaní, esperando encontrar algo más decente que en el centro. No recuerdo cómo se llamaba, pero acabamos comiendo bien.
Después de otra siesta en el hotel huyendo del calor, salimos de nuevo por el centro. Había bastante actuaciones en la calle de bailarines haciendo distintos tipos de bailes regionales. Se lo curraban un montón. En un momento dado nos encontramos a otra de estas comparsas preparándose para bailar. Les preguntamos que a qué hora hacían el pase y nos dijeron que no, que estaban esperando a que llegara la novia, porque iban a bailar para una boda. Mientras esperamos (no teníamos otra cosa mejor que hacer) nos comimos unos heladitos. Al final llegó la novia en un coche impresionante, una mulata guapísima que se casaba con un rubio cangrejil extranjero. Cuando el cuerpo de baile empezó con la actuación nosotros “nos colamos” en el pasacalles de acompañamiento hasta el restaurante.
Acabamos cenando una hamburguesa en un sitio cualquiera.
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