lunes, 13 de junio de 2011

La vuelta a casa, el regreso

El viaje ya estaba tocando a su fin. Después de un estupendo desayuno (el mejor de todo el viaje) y de dejar las maletas en la consigna del hotel, nos dirigimos al Kremlin. Fuimos relativamente pronto, y no había muchas colas. Al rato de estar allí nos encontramos con la agradable sorpresa de que ese día era la Pascua Rusa, y allí estaban todos los patriarcas con sus gorricos, cantando y mojando a la gente con el hisopo…



El Kremlin fue una de las cosas que más me gustó de todo el viaje (aunque no tenga mucha relación con Uzbekistán).



Tampoco nos dio para mucho más. A las dos de la tarde teníamos que coger otra vez el tren para el aeropuerto, así que tras un par de horas en el Kremlin, de vuelta al hotel, y a emprender el regreso.



El resto ya es rutina conocida: facturar maletas, esperar a pasar el control de pasaportes, esperar el embarque… y sin querer darnos cuenta, ya estamos en Madrid (tras otro penoso avión de Iberia).
Ahora ya solo queda empezar a preparar el siguiente viaje…

Llegada a Moscú

Nos levantamos a las cuatro menos cuarto para ir al aeropuerto. Sin problemas llegamos a Moscú.
En el aeropuerto tomamos el aeroexpress train (320 Ru), que sin ninguna parada y cómodamente, en tres cuartos de hora te planta en el centro de Moscú. Nuestro hotel, el Katerina City, estaba muy cerca de la estación de Paveletskaya, donde para el tren. Tras dejar las maletas (que entre controles, pasaportes, maletas, trayecto y todo se nos habían hecho ya las dos de la tarde) nos fuimos a descubrir lo que nos diera tiempo de Moscú.
Nuestra primera parada fue el teatro Bolshoi, pero estaba de obras, y aparte de hacernos la foto, poco más. De allí, caminando entre puestecitos paralelos al museo de historia, llegamos, casi sin darnos cuenta (bueno, casi sin darnos cuenta no, sin darnos ninguna cuenta) a la mismísima Plaza Roja. Lo primero que vimos fue la Catedral de San Basilio a lo lejos, y me gustó mucho mucho. 



Ya entramos en la plaza y lo típico, que si la tumba de Lenin, que si los almacenes... 



Como se nos había hecho la hora de comer, allí mismo lo hicimos. Luego seguimos el recorrido bordeando la muralla del Kremlin, hasta llegar a la entrada principal a las cinco de la tarde. Allí pudimos comprobar que cierran a las cinco de la tarde. 



Como por esa zona no nos quedaba mucho por ver, continuamos andando hasta la catedral del Salvador, pero estaba cerrado. Este día era domingo y había muchísima gente por la calle. De aquí fuimos a la famosa calle Arbat, pero me decepcionó bastante. Lo venden como la tienda de souvenirs y no deja de ser una calle más. Ya empezábamos a estar bastante cansados, porque el viaje por Uzbekistán es para vagos. Te llevan en coche a la puerta de los sitios y allí mismo te recogen, y para la siguiente visita. Así que estábamos muy mal acostumbrados. Entre eso y que nos habíamos levantado muy temprano, el día comenzaba a pesar (bueno, llevaba pesando un buen rato).
De aquí nos dirigimos en metro al convento de Novodevichy, que es patrimonio de la humanidad, pero también estaba cerrado. 



Así que como yo quería sacar unas fotos a la plaza roja de noche, nos fuimos para allá para ir matando el rato. Estuvimos sentados cerca del famoso McDonalds de la Plaza Roja esperando que anocheciera. 



Y una vez hechas las fotos, por fin al hotel a disfrutar del merecido descanso.

De vuelta a Tashkent

Después de cuatro horas de carretera llegamos de nuevo a Tashkent. Solamente hacía una semana que la habíamos dejado, habiendo estado unas horas, pero nos sonaba conocida. Tras un breve descanso en el hotel salimos a hacer la visita a la ciudad. Comenzamos por el mercado de Chorsu (Cuatro Direcciones), pero aprovechando que la facultad de filología española está justo al lado, nuestro guía quiso que conociésemos a algunos compañeros y profesores. Cuando le dijimos a una profesora que no estudiaba nada, pensó que quizá era mejor que nos fuésemos. A la visita al mercado nos acompañó una compañera suya llamada Adela, que entre la vergüenza y que no tenía ni idea estaba la pobre más cortada que ni sé.
El mercado de Chorsu es impresionante, y eso que solo vimos una mínima parte. Me gustó especialmente la zona de los frutos secos.



Allí aprovechamos para comprar pan para la cena, y también un cd de música uzbeka, que es lo que más está pegando en el mundo en estos momentos…
De aquí fuimos a comer a un restaurante que hay cruzando la carretera, que estuvo bastante bien. Lo único que las brochetas, en lugar de tener tres trozos de carne y uno de grasa, como tenían todas las brochetas que habíamos comido hasta entonces, tenían dos trozos de carne y otros dos de grasa, que ni probamos. El resto de la comida estaba muy bueno.
Luego fuimos a la zona de las madrazas, que creo que se llama del imam santo. Hay bastantes juntas, tres o cuatro, pero después de haber visto las de Khiva, Bukhara y Samarkanda, pues como que no nos dijeron mucho. El guía nos comentó que Tashkent se suele ver el primer día precisamente por eso, porque si no, luego decepciona.



Además hacía bastante calor, que a nosotros nos llegó de repente, y estábamos como aplatanados y con ganas de ir al hotel a descansar.
Lo único que a mi me gustó fue el Corán de Ushman, un original del siglo VIII, escrito en piel de ciervo, y como todo en el país, lo trajo el omnipresente Tamerlán de una de sus batallas.
De aquí ya al hotel, donde se presentó la chica de la agencia a devolvernos el dinero del cambio de los hoteles.
Y prontito a dormir, que al día siguiente teníamos madrugón.

Samarkanda, la joya de la corona.

Comenzamos la visita igual que el día anterior por la noche. Lo primero, el mausoleo de Tamerlan, donde hay varios miembros de la familia enterrados. Como construcción aislada esta será posiblemente la que más me ha gustado de todo el viaje. Cuenta la leyenda que Tamerlan avisó para que no se le molestase en su descanso. Unos arqueólogos soviéticos, en 1941, quisieron abrir la tumba y se encontraron con muchas dificultades. Cuando por fin lo consiguieron se llevaron los restos a Moscú para analizarlos. A los dos días Alemania atacó a la Unión Soviética. Posteriormente devolvieron los restos a su lugar original, y la Unión Soviética comenzó a ganar batallas y a recuperar territorios. Estas son las típicas historias que gustan contar a los guías y escuchar a los turistas (entre los que me incluyo).



La verdad es que en Samarkanda está todo muy reconstruido. En uno de los mausoleos de la colina de Shahi Zinda se pueden ver fotos del antes y el después y uno se pregunta hasta qué punto lo que se ve es lo que se hizo, o solo reconstrucción.
Bueno, la cosa es que se hiciera cómo o cuando se hiciera, maravilla igual.
Luego llegó el plato fuerte, la plaza del Reghistan, con sus tres madrazas: a la derecha la de Ulugbeg, famoso astrónomo y nieto de Tamerlan. A la izquierda, la de Sher Dor, y al frente la de Tillya Kari.



No me voy a explayar mucho porque ya no me acuerdo de las explicaciones, que si el número de habitaciones o los metros de altura... De lo que sí que me acuerdo es de lo alucinantes que son.
Y también, como anécdota, que uno de los guardias que hay en la madraza de Ulugbeg me ofreció subir al minarete bajo una pequeña propina de 2,5 € (bajo cuerda, claro está). El acceso está bastante complicado, luego sacas casi medio cuerpo al vacío, pero las vistas merecen la pena.



Después de este empacho nos acercamos a la mezquita de Bibi Hanyum, la primera mujer de Tamerlán, pero que no le dio ningún hijo. Esta está bastante peor conservada, pero también es bonita.
Luego fuimos a un mercado cercano. Es curioso ver cómo se organizan por tipos de alimentos: los dulces por un lado, las verduras por otro, los arroces por otro... Este mercado debe ser enorme, pero solamente nos dio tiempo a ver una pequeña parte.
Como ya se nos había hecho la hora fuimos a comer el plov, el plato nacional. Nos llevaron lejos del centro a un sitio que como para encontrarlo... Debía ser de unos conocidos del guía porque estaba allí su cuñado, y nos llevaba hablando del sitio este cuatro días...
El plov es (más o menos, perdonen la ignorancia) un guiso de arroz con zanahoria amarilla, carne de ternera, de caballo, unas codornices y un poco de guindilla. Por lo menos el que comimos nosotros. A mi me gustó, estaba muy sabroso. Y de postre otro plato típico, el sumalak, hecho a base de brotes de trigo, según creí entender...



Una vez recuperadas las fuerzas, a continuar: el observatorio de Ulugbeg, con un museo asociado bastante interesante y expuesto de manera muy didáctica, el museo en la colina de Aphrosiab (que no merece mucho la pena), y el plato fuerte de por la tarde fueron los mausoleos en la colina de Shahi Zinda, como dijo uno que pasaba por allí: preciosísimos...



Para terminar, otro mausoleo (que me salen ya por las orejas, las madrazas, mausoleos y mezquitas, las tres M de todo viaje a Uzbekistán...)
Y luego de vuelta al hotel, a descansar del calor del día, que tuvimos 33º, a escribir las postales y a rehacer la maleta, que al día siguiente tocaba ya el último trayecto en coche.

Tras las huellas de Tamerlan

Después de despedirnos del amable gerente del hotel Zargaron tomamos la carretera hacia Shakhribsabz, la cuna de Tamerlán, donde llegamos en unas 4 horas. Allí pudimos ver los restos del gran palacio que mandó construir Tamerlán, el palacio blanco o Ak Saray. 



Continuamos con la visita a la cripta del hijo mayor de Tamerlán, que murió en la guerra contra Irán a la edad de 20 años, lugar también llamado del imam santo. Aquí las vendedoras de bolsos se ponen bastante pesadas.
Y para terminar la visita a Shakhribsabz nos quedaba la mezquita de Kok Gumbaz (la cúpula azul), mandada construir por Ulugbeg.



Una vez visto todo lo programado, continuamos hacia la mítica Samarkanda.
Por el camino paramos a comer en las montañas, en un sitio muy agradable, al lado de un lecho de agua, entre pinos, que se estaba fenomenal. Pedimos ensaladas y nos trajeron una de tomate y pepinos (que aquí ponen sin pelar) y un yoghourt parecido al khefir, que ellos consideran entrante también, no postre. Y luego unas brochetas. Las mías eran de ternera, como carne picada con ajo. Al principio no te dabas cuenta porque estaban caliente y la grasa estaba líquida, pero al comerlas se te quedaba una película de grasa en el paladar que no había manera de quitarla. Aún así no estaban mal. Como anécdota en este restaurante nos cobraron por las servilletas. Que te cobren por el pan, normal, por el té que no has pedido, bueno, pero por las servilletas... Y también por el servicio... De todas formas no fue muy caro.
Al terminar de comer, seguimos camino a Samarkanda.
Cuando llegamos nos quedamos en el hotel, a descansar un rato en lo que hacíamos tiempo para ir a ver el espectáculo de luz y sonido en la plaza del Reghistan.
Antes nos llevaron a ver el mausoleo de Tamerlán, que también lo iluminan por la noche, y está bastante bien.



El espectáculo en sí (nos cobró 10$ por cada uno) no merece la pena, pero lo que sí merece es ver la plaza iluminada. Para los que les guste la fotografía es una buena oportunidad.



Este día no dio más de sí. Pero eso sí, el primer contacto con la plaza del Reghistan, impresiona.

El día que me saqué la espina del Cemberlitas.

Comenzamos el día viendo Chor Minor, la mezquita de los cuatro minaretes, ahora reconvertida en tienda, con unos precios prohibitivos. Nos acercamos en el coche, ya que pilla un poco a desmano.



Luego nos acercaron de nuevo con el coche al mausoleo de los samánidas, y a partir de ahí a pie.
El mausoleo es un lugar santo para ellos. Es de las construcciones más antiguas de la ciudad. Cuando llegó Gengis Khan, lo cubrieron con arena para evitar que lo viera y lo destruyera. Se encuentra en un parque muy agradable.
La visita continúa con una fuente que cuenta la leyenda que la hizo manar el profeta Job. Como en todas estas cosas, vete a saber... Está dentro del mausoleo de Chashma Ayub, donde también hay una especie de museo del agua.
Un poco más hacia el centro está una de las joyas de Bukhara, la mezquita de Bolo Houz,  de 20 columnas construida para rivalizar con otra de 40 columnas de Ïsphahan. Para no perder contra ellos mandaron construir un estanque enfrente de la mezquita, para que el agua reflejara sus columnas y así poder decir que ellos también tenían 40. 


A continuación visitamos el  Ark, la fortaleza de los emires. De aquí, poco que reseñar. Debía tener en su interior tres mezquitas, pero cuando llegaron los bolcheviques arrasaron con casi todo, salvo una de las mezquitas, los establos y el salón del trono (aunque ahora está reconstruido).
Luego nos acercamos al complejo de Poy Kalon (que significa a los pies del grande), espectacular, aunque por el camino hicimos una breve parada técnica en un mercado de oro y piedras semipreciosas. Merece la pena ver cómo están las señoras con sus puestos y cómo aseveran que es rubí, rubí, a pesar de que por el precio es obvio que no puede serlo.
El complejo de Poi Kalon se compone de tres elementos. La mezquita de Kalyan, la madraza de Miri Arab y el minarete de Kalian.



El minarete tiene 46 m de altura (frente a los 45 y 36 respectivamente de los dos que se conservan enteros en Khiva). Aparte de para llamar a la oración también servía como faro para que se orientaran las caravanas en el desierto. Y también para arrojar desde arriba a los condenados a muerte...
Dentro de la mezquita, de 212 cúpulas y 236 columnas (o algo así, aunque lo de las cúpulas no lo entendimos hasta que no fuimos a comer), y también hay una construcción, una especie de templete que conmemora la muerte de 600 o 700 niños pisoteados por los caballos de Gengis Khan (que siempre aparece en las historias truculentas del país).



La madraza que hay enfrente de la mezquita todavía funciona en la actualidad, y no es posible visitarla. Es uno de los centros de estudios coránicos más prestigiosos, no solo de Bukhara, sino nada más y nada menos que de todo Uzbekistán. Por cierto, que aquí, musulmanes son aproximadamente el 80% de la población, pero no se ve que las mujeres se tapen demasiado el pelo... Y de estos, son mayoría los sunnitas.
Es muy típico de Bukhara la forma esta de construir los edificios por parejas, uno enfrente del otro.
Luego nos fuimos a comer a un sitio que nos recomendó el guía, que hoy estaba bastante más de guía y no tanto de colega. Era una terraza justo al lado de la plaza del minarete. El sitio está fenomenal, las vistas desde la terraza merecen mucho la pena, la comida no está mal. Yo comí ensaladilla y brochetas, (sashllik, o algo así). Lo único malo es que a nosotros nos tardaron en servir ni sé el tiempo. Estábamos ya más aburridos que una mona. Solamente para el postre, para subir dos naranjas de la cocina (carísimas por cierto con respecto al resto de la comida), sin pelar y sin nada, solamente poner dos naranjas en un plato y subirlas, tardaron más de media hora, y en el restaurante solo había otra mesa de 4...
Eso sí, mi madre habla en francés con los belgas, en inglés con los holandeses, y hasta en catalán si hace falta con los catalanes...



Después de comer (que a mi casi me había hecho hasta la digestión) continuamos la visita con una de las cúpulas comerciales. En Bukhara hay tres, una de los joyeros, otra de los sombrereros y otra de los cambistas. Estos eran los oficios originales. Ahora en las tres hay de todo.
Como digo empezamos por la de los joyeros, aunque acabamos viendo las tres. Cuando estuvimos estaban de obras, y aunque el guía juraba y perjuraba que en una semana tenían que estar terminadas, no había manera humana de que fuera a ser así.
Luego continuamos por otros de esos pares de edificios, la madraza de Ulugbeg, por donde muy hábilmente te obligan a entrar por una tienda en la que se regatean ellos solos: vale 30 pero no 30, no 25, no 20, 15, solo 15... (en general, sin ser pesados ni agobiantes, los vendedores de Bukhara nos parecieron un poco más agresivos que en Khiva).
Seguimos lógicamente, por el edificio de enfrente, la madraza de Abdulaziz-Khan, recién restaurada. Ahora aprovechan las antiguas celdas de la madraza para las tiendas.



Después de pasar por la cúpula de los sombrereros nos acercamos a ver otros de los edificios antiguos, la mezquita de Magoki-Attari, que en su origen fue un templo del zoroastrismo hasta que llegaron los musulmanes y lo hicieron mezquita. En la base de este edificio se puede ver el nivel original de la ciudad. La mezquita está ahora reconvertida en un museo de las alfombras, tapadera en realidad de una tienda...
Por fin nos acercábamos al famoso Lyabi Khouse, la plaza del estanque... Como ya he dicho la zona
estaba de obras, así que no pudimos ver bien la plaza. Para confirmarme que las obras iban a estar a punto (tenían que estar porque el 30 de abril hay una fiesta muy importante, el sonido de los siglos, o algo así) el guía comentaba que la semana pasada había estado con otro grupo y que el estanque estaba vacío, y que ya esta semana lo habían llenado... Sí, lo debían haber llenado con el mismo agua que quitaron, porque tenía mierda, verdín y fango como para parar un tren...



En esta plaza, además del estanque hay otro par de madrazas, la de Nadir Divan-Beghi y la de Kukeldash.
En fin, que salimos de la plaza por la última cúpula que nos quedaba, la de los cambistas.
La visita ya tocó a su fin, y como habíamos sido muy buenos y nos habíamos portado muy bien, nos ganamos de premio el ir a un hamman. Yo estaba un poco receloso, en parte por la reciente operación del tobillo, y en parte porque estaba escaldado de cuando estuve en el famoso Cemberlitas turco, que fue una engañifla terrible.
Sin haberlo ni preparado (ya que de lo contrario hubiere cogido las chanclas del hotel y no las birriosas, pringosas y húmedas que mejor no pensar quien las utilizó antes que yo que me dieron allí, y un bañador para no tener que estar en pelota picada) pues para dentro que nos fuimos. Al guía le hacían los ojos chiribitas, ya que nos había dicho en un par de ocasiones ¿tenéis dinero? al ir a pagar para comer, o algo así. Claro, él nos había cambiado el primer día, pero luego sin decírselo habíamos cambiado nosotros por nuestra cuenta en el hotel... El nos decía que solo en los bancos o a él, que te podían engañar... ya, ya,.... Total, que al ir a pagar (50000 sums cada uno) nos decía, pero tenéis dinero?... jejeje. El que nos había cambiado él ya se nos había terminado. También nos había dicho que en las tiendas no se puede pagar en euros o dólares, que si te pillan te multan. Yo no sé si esto es verdad o solamente un truco para gastar más rápidamente los sums y tenerle que cambiar otra vez. Lo cierto es que en todas las tiendas nos pedían o dólares o euros, a todo el mundo, y si está tan prohibido no creo que se atrevan a hacerlo. Pero como no lo sé realmente, lo comento.
A lo que íbamos, que me lío. Después de quedarnos en pelota picada, con una toallita tipo terma romana (por no decir otra cosa, como sauna gay, por ejemplo), estuve un rato en el baño de vapor. Luego fue cuando llegó el tío de la vara, y aunque no lo dijo literalmente, la traducción fue algo así como:  Sus voy a crujir vivivivivooooooooooooooo. Y sin vara, pero vaya que si me crujió...
Luego aplicaron un ungüento en los hombros y la espalda, que después me enteré que era jengibre con miel, exfoliante... Exfoliar no sé si exfoliaba, pero quemaba y escocía que aquello era una cosa terrible.... Ahí lo tuve ni sé el tiempo, que pensaba yo que se habían olvidado de mí... Luego te echan un caldero de agua caliente por encima para quitártelo, luego otro caldero de agua caliente, y cuando más confiado estás, por el gustito del agua caliente y porque el picor ya se va pasando, te tiran el caldero de agua helada, ese que hace que des unos grititos como si fueses tonto...
Para terminar, un té verde, en la zona de relajo... En total 45-60 minutos.
A mi me mereció la pena, y sirvió para que me quitase la espina del hamman turco.
Nos quedaba cenar, así que nos acercamos a un restaurante del que había leído buenas críticas, y que nos recomendó el guía, muy cerca de Lyabi Khouse. Se llamaba Minzifa Restaurant. Está un poco difícil de encontrar. Nosotros tuvimos que preguntar en un hotel, y el chico que nos acercó nos dijo que si al Dolon. Le dijimos que ya habíamos estado el día anterior y que queríamos ir al otro. Nos acompañó. Al igual que el día anterior, cuando nos acompañaron de nuestro hotel al Dolon, el chico se encargó de remarcar que íbamos de parte del hotel tal. Yo no sé si tendrán algún acuerdo con los hoteles o no, ya que en nuestro hotel no daban comidas ni cenas.
Así que eso, que para ir al Minzifa, saliendo de la plaza del estanque hacia la cúpula de los cambistas, la última a la izquierda, subiendo por unas escaleras.
Cenamos muy bien, yo un plato llamado langhman o algo así, una especie de espaghetti autóctonos que medirían casi un metro cada uno, con patatas, carne y zanahoria. 



El postre de fruta con yoghourt estaba buenísimo. Aquí el servicio no está incluido (en el de por la mañana me dolió tener que pagar un 10% después de toda la espera, y en el Dolon, un 15%), así que se lo dejamos al camarero, que se aseguró que no nos habíamos equivocado al darle de más.


Después del día tan completo no nos quedaba sino volver al hotel a descansar, que al día siguiente tocaba de nuevo carretera.

La carretera infernal.

Nuestro acompañante, más que guía, está puntual como todos los días, esperando. Las maletas afortunadamente entran en el coche. A presión, pero entran. Menos mi mochila de mano, que lleva él en el asiento de delante.
No es verdad, como comentan por ahí, que se tarde 7 horas en recorrer el camino hasta Bukhara. Nosotros tardamos 9. La carretera es infumable, peor que mala. Estaban de obras y nos llevo dos horas hacer 50 km. No por atascos o retenciones. Es que con los baches el coche no podía ir más rápido.
Así que 9 horas para hacer 450 km. Eso sí, paramos a comer en un sitio de carretera fetén. El baño era una fosa séptica que según te ibas acercando se te quitaban las ganas de todo. Pero en medio del desierto no se puede pedir otra cosa, así que en poco más de media hora estábamos de nuevo en ruta.
De momento del estómago bien, y eso que nos lavamos los dientes con agua del grifo y comemos fruta sin pelar...
Al llegar al hotel en Bukhara, el Zargaron (cuidado porque hay Zargaron y Zargaron Plaza), nos dan entre disculpas la última habitación, diciendo que lo sienten y que mañana queda una libre. Hombre, la habitación no está mal. Las camas hundidas como las típicas de las casas de los pueblos, pero el baño está bien y es amplia. Otra pega es que tiene cristales en la puerta y supongo que mañana entrará luz.
Entrará mañana, porque lo que es hoy, no entra nada de luz. Están a oscuras en todo el pueblo por unas obras que afectan a un transformador. Dicen que en una hora espera que lo arreglen, pero nada, tardan tres horas. Por supuesto esto no es culpa del hotel, ya digo que afecta a toda la ciudad. Además en el hotel tienen el detalle de darnos una copita de vino como compensación.
Nos hemos quitado a nuestro acompañante del medio, diciendo como los lunnis, buenas noches, hasta mañana... Así que aprovechamos para dar un paseo, ya que el hotel se encuentra en pleno centro, justo al lado de la madraza de Miri Arab. Como además no hay luz, no podemos hacer otra cosa. 



Al ratito de regresar al hotel ya vuelve la luz. Así que aprovechamos para mirar el correo, pagando 3000 sums. Aprovechamos también para cambiar dinero. Nos lo dan a 2500 sums el euro, mejor que el guía.
En general las comidas se pagan en sums, pero todas las compras las hemos pagado en dólares o euros, así que no hace falta cambiar mucho dinero.
Luego nos vamos a cenar a un sitio que nos recomiendan en el hotel, justo a la vuelta. Se llama Dolon y está lleno de otros turistas españoles. Al final, 23500 sums, menos de 10 euros por cenar los dos. Y además hemos estado a nuestro aire y hemos comido lo que nos ha dado la gana, sin que el guía haya elegido por nosotros. Bien es cierto que solo hemos tomado un plato cada uno, pero es que no hace falta cebarse para cenar bien. He tomado Pilaf, que me ha hecho gracia por aquello de que era uno de los malos de Bola de Dragón.
Mañana, la visita de Bukhara.

Las compras en Khiva

El día nos lo tomamos con calma. Los monumentos ya los hemos visto el día anterior y nos dedicamos la mañana a pasear y a hacer algunas compras.
El desayuno en el hotel, bastante deficiente. Ni pan, ni mermelada ni nada...
Compramos unos gorros de visón, zorro y astracán. Subo al minarete alto para hacer unas fotos.



“Casualmente” nos encontramos con el guía, y vamos a comer con él (o se viene a comer con nosotros) Elegimos el restaurante del hotel Kheivak, o algo así. Yo tomo unos espaguetti de menta cono salsa de yogourt que están buenísimos. 



Estamos un poco cansados de él, ya que de momento le hemos pagado la cena del sábado y la comida y la cena del domingo (todas las que hemos hecho desde que estamos aquí), y el tío no hace ademán de pagar nada, así que directamente le decimos que pague su parte en la nota que nos traen.
Como preferimos seguir a nuestro aire por la tarde, ya que más que un guía parece una sombra, porque no explica nada y nos quiere tener vigilados, me invento la excusa de que me voy a dormir la siesta (que lo estaba deseando, pero bueno). Nos dice que no se nos ocurra salir de las murallas sin avisarle... Además mientras comemos, otro guía que habla español les comenta a la pareja de la que es guía que el nuestro lleva poco tiempo... A ver, si no tiene ni idea...



Después de un rato de relax en el hotel salimos de nuevo a las compritas. Vamos de nuevo al tío de los gorros, ya que mi madre quiere un cuello de piel. Como no lo tiene en el puesto nos lleva a su casa en coche. Vaya manera de conducir! Y la vuelta igual....
Después de mercar nos damos una vuelta por algunos edificios de fuera de las murallas, pero tampoco hay mucho que ver. Buscamos una construcción que aparece en el plano como pozo, pero no es nada significativa. Así que no nos queda más remedio que volver a hacer compras. Esta vez toca la cerámica. Cuando volvemos al hotel a dejar las compras (que no nos han hecho la cama en todo el día, por la mañana no hay agua caliente...) allí está Muzaffar, esperando para ir a cenar. Antes vamos a comprar algunas telas, pañuelos y pashminas. Y a recoger unas tablas de madera que habíamos encargado el día anterior, chulísimas.
La cena vuelven a ser ensaladas variadas, o sea, más de lo mismo... y mi madre cada vez se corta menos de decirle lo que piensa de la comida. A la hora de pagar se intenta escaquear otra vez, pero dividimos la cuenta entre tres y no le queda otra que pagar.



Yo me voy al hotel a recoger las compras, mientras mi madre se va con él a comprar la comida de mañana. Cuando vuelve me cuenta que le ha dicho que a pesar de que nos comentó que ya había encontrado un coche que no era de gas para ir a Bukhara (en los de gas no nos entran las maletas), pues que no es así, que será de gas. Mi madre le dice que 7 horas con maletas en el asiento no vamos. Y de momento así queda el tema. Al final, el hotel una pena. No nos hacen la habitación ni las camas, no limpian el baño, los geles de ducha estaban empezados... Eso sí, muy bien ubicado.

Toma de contacto

Después de dormir escasamente 7 horas, sin habernos recuperado del todo, a las 4:45 tocan a diana. De nuevo a madrugar para coger el avión. Tras un desayuno decente (pensábamos que a esas horas las cafetería estaría cerrada y nos darían un croissant frío y un café más frío) salimos camino del aeropuerto.
Nos toca esperar muy poco tiempo, para lo que estamos acostumbrados en los aeropuertos. Nuestro avión sale puntual, y en una hora y media escasa nos plantamos en Urgench. Allí un poquito de espera para recoger las maletas, ya que justo antes que nuestro vuelo ha llegado otro, y solo hay una cinta de recogida de equipajes. Así que nos toca esperar a que acaben los anteriores.
El taxi que nos lleva del aeropuerto a Khiva, al igual que el de por la mañana al aeropuerto de Tashkent, funciona con gas, con lo que tiene la bombona dentro del maletero. Así que no caben todas las maletas, y nos toca ir con una en el medio. Pero el trayecto no es muy largo, y en media hora estamos tranquilamente en el hotel.
El hotel Arkanchi en principio parece que no está mal (luego descubriríamos que dejaba bastante que desear). Es modesto y sobre todo está fenomenal situado, justo al lado del minarete corto.
Dedicamos la mañana a recorrer parte de la ciudad. Subimos a las murallas en el palacio antiguo (3000 sums por persona aparte). Desde allí se contempla toda la ciudad. Es  una vista que merece la pena. 



Vistamos también varias madrazas y la mezquita de las columnas. 


De aquí nos vamos a comer, en una especie de casa-restaurante. Aquí comen y cenan bastante pronto para nuestra costumbre. A la 1 y a las 8 respectivamente. Comemos un variado de ensaladas, seguido de un consomé con una albóndiga, y luego pasta rellena de carne (40000 sums los dos).

Totalmente llenos, y ante la imposibilidad de realizar ninguna acción, no nos queda otro remedio que irnos a echar a siesta un ratito (una hora, no os penséis que más).
A las tres y media estamos de nuevo en marcha para visitar lo que nos queda: el otro palacio con su harem, alguna que otra madraza y un mausoleo. Es curioso que en todas las madrazas existe alguna exposición-museo de escaso interés.


También visitamos las murallas y las puertas. Junto a la última (la contraria a la puerta donde se encuentra la estatua de Al Khorizm) encontramos un taller de carpintería, donde realizamos nuestra primera compra, que ya estábamos tardando: un marco de madera, a la vez que dejamos encargados un par de tablas talladas para el día de nuestra partida.
Terminado ya el rondó turístico (tanto el guía como la chica de la agencia nos han insistido en que para Khiva, con un día vale, y que qúe vamos a hacer el otro día), tenemos un rato libre hasta la cena. Mientras yo me acerco al hotel a afeitarme, mi madre se dedica a hacer fotos por su cuenta, ya que había estado cohibida todo el día sin hacer ninguna, porque se necesita un permiso especial para hacer fotos. Un permiso que tal y como comentan en los blogs que he leído, nadie controla.


Nos reunimos con el guía para la cena, que en esta ocasión es en una antigua madraza, justo al lado del minarete corto, en la esquina con la calle principal, un sitio chulísimo, de postín (41000 sums los dos). Los entrantes son muy similares a los de la comida. Luego una crema de calabaza y verduras riquísima, y una especie de salchichas envueltas en pan fino, para terminar. Todo riquísimo.
Así que para bajar la cena no nos queda más remedio que ir a dar un paseito, y aprovechar para hacer fotos nocturnas de los monumentos iluminados (que no son muchos, solamente dos).


Una vez hechos todos los deberes, a dormir, que nos lo hemos ganado.