Bien tempranito, a las seis de la mañana, había quedado con el guía, un muchacho joven que se veía que controlaba una barbaridad. Me apremió porque la perdiz Manchas es muy puntual, y si no estamos a la hora exacta, no la íbamos a ver.
Después de esto nos fuimos a buscar un búho de anteojos, que lo hicimos estupendamente. Tuvimos que salir de la finca y caminar un ratillo, pero se dio bien. Mientras caminábamos me fue contando que la Hacienda, antes de la pandemia, se dedicaba sobre todo a fabricar mozarella de búfala, queso de búfala y todo lo que podían sacar de la búfala. Pero que después de la pandemia lo habían abierto también como alojamiento con distintas actividades.
Volvimos otra vez a la hacienda, para desayunar. Aquí ya se juntó Adela. Al rato ya fuimos a los comederos que tenía preparados, tanto de colibríes como de pajaritos . Estuvimos casi tres horas. Adela se nos unió al principio pero luego se tuvo que ir a rehacer la maleta, que como habíamos estado varios días con coche y hoy lo dejábamos, lo habíamos usado para ir dejando cosas que había que recoger.
Yo me hubiese quedado otro día más, para buscar más bichos, pero el viaje tenía que continuar. La entrada en Cali fue un poco estresante por el tráfico que había. Después de varios días en los pueblitos con poca gente, el cambio fue sustancial. Primero nos acercamos al hotel, Casa del Hidalgo, a dejar todo el equipaje, y luego ya fuimos al centro comercial donde teníamos que devolver el coche. Lo llenamos de gasolina y dejamos sin problema. Ya que estábamos, nos dimos una buena vuelta por el centro comercial, para matar un poco la tarde. Comimos, hicimos varias compras y nos cogimos un taxi de vuelta para el hotel. Nos quedamos descansando, probando una sauna y una piscina que había hasta la hora de cenar. No nos dio más de sí el día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario