sábado, 24 de septiembre de 2011

12-08-11 El último día en Cuzco


Este era el último día en el Cuzco, así que decidimos aprovecharlo bien. Tras desayunar opíparamente en el hotel (un buffet espectacular, por si no lo había dicho), nos dirigimos al museo de arte del arzobispado. Está situado en un edificio antiguo, de época española, con varios patios a los que se abren las habitaciones que componen el museo. La figura característica es el Arcángel Arcabucero, tema repetitivo hasta más no poder. El museo está bastante bien, y la colección de pintura al final del recorrido, del indio nosécuantos nos gustó. La capilla está recubierta de pan de oro, y aunque nada que ver con la capilla del Rosario, en Puebla, era muy digna de todos modos.

Nuestra siguiente parada fue el museo de Santa Catalina. Pertenece al convento del mismo nombre, que todavía está en activo con 13 monjas (la más joven debe superar los 80…). La Iglesia está bien, con un montón de cuadros, alguna figura de la Virgen, y con la reja de la clausura donde se pueden ver (a veces) a las monjas. El Museo está interesante. Lo que más me llamó la atención fueron los dioramas.
Yo, en general, tengo fijación con los dioramas. Me encanta hacer fotos a esas representaciones que intentan trasladar al espectador imágenes cotidianas. En el 99% de los casos no dejan de ser muñecos cutres con escenas bizarras… Pero aquí no. Los maniquís de las monjas (en este caso eran maniquís y no muñecos) eran hasta guapos, con los labios pintados y sonrientes… Vamos, igualitas a las indígenas que se ven por la calle… Hasta la que posaba en el velatorio dentro del ataúd estaba así… Muy conseguido. Dejando de lado este aspecto el museo es interesante. Las celdas de las monjas se han utilizado hasta hace poco (los años 60) y las condiciones no son muy cómodas. También hay cuadros importantes y en general merece la pena…
Después de esa visita nos acercamos al mercado municipal, un mercado de verdad, no de artesanía. Estaba lleno de gente local haciendo sus compras. Todo muy ordenado y limpio. Las frutas desprendían unos olores estupendos. Nosotros nos medio paramos en la zona de los zumos, por el colorido de las frutas apiladas, y por las llamadas de las "zumeras". Así que no nos quedó más remedio que picar y tomarnos uno. Menudo campano nos prepararon, recién hecho, y se podía repetir!! Estaba riquísimo. 



Como habíamos quedado en ir a recoger las chompas al lado del hotel a las dos, y ya se nos había hecho casi la hora, para allá que nos fuimos. Llegamos a las dos y cuarto y nos dijeron que todavía no estaban, que esperáramos hasta las tres y media. Ante esa espera nos dispusimos a comer dentro del mercado. Chicharrones de pollo, riquísimos. Y por supuesto una rica Cusqueña negra para acompañar. Aprovechamos también para mirar algo más. A las tres y media nos dijeron que todavía no habían llegado, que esperáramos otra hora. Aquí ya nos dedicamos a recorrer los puestos para comprar los regalos que nos faltaban. A las cuatro y media nos volvimos a pasar… La cosa ya se iba poniendo de color hormiga... Llamó la chica por teléfono y nos dijo que en veinte minutos estaba su madre allí. Entonces aprovechamos para ir al hotel a dejar las compras. Era solamente cruzar la calle. Aprovechamos para colocar un poco las cosas en las maletas porque al día siguiente volábamos a primera hora. A los tres cuartos de hora volvimos, y seguía sin estar. Volvió a llamar por teléfono y dijo que en veinte minutos ya iba a llegar su madre. Entonces fue cuando yo empecé a hablar con palabras esdrújulas, pero claro, sin poder hacer nada porque las cosas no habían llegado.


Finalmente a las seis de la tarde (cuatro horas más tarde de lo acordado) le dimos un ultimátum de cinco minutos, diciendo que o estaban en ese tiempo, o que se quedaran con ellas. Según lo dijimos, apareció la mujer toda apurada con las prendas. Ahí fue cuando ya estallé y le dije de todo menos guapa. Menos mal que Adela estaba muy contenta con el trabajo. Lo que más me molestó fue el no poder encargar una para mí. Si hubieran estado a las dos de la tarde habría quedado tiempo para hacer la mía, pero a estas horas no.
Con lo cual, ya de morro todo el día. Yo cabreado por las cosas que no habíamos visto (y por quedarme sin chompa) y Adela sin atreverse a abrir la boca para no cabrearme más…
Nos fuimos a un museo de la fundación BBVA que yo tenía ganas de ver y que resultó ser un fracaso. Nos cobraron una pasta por entrar y luego había cuatro cosas dentro, bastante mal explicadas. Los comentarios eran del estilo: pieza del siglo IV. Aquí el artista obviamente ha querido representar las olas del mar… (¿???). En el folleto de la entrada ponía que era el primer museo en explicar las cosas desde el punto de vista del artista… Bien. Y cómo sabían los pensamientos del alfarero del s. IV??? En fin, una ruina… Si lo llego a saber no vamos.


Luego fuimos a comprar otra chompa a la que Adela había echado el ojo, pero ya estaban casi todas las tiendas recogidas. Así que calle arriba, calle abajo, finalmente encontramos una abierta en la que se pudo comprar una que le gustó y que le queda estupendamente.
A mi se me había ido pasando el cabreo (más o menos) sobre todo al ver a Adela disgustada de verme disgustado a mi… Ains…
Así que de vuelta al hotel acabamos cenando en una hamburguesería regentada por un hombre agobiado al tener dos clientes y no dar abasto… Tardó bastante en traer la hamburguesa, rato en el cual estuvimos disfrutando de uno de los bombazos de la temporada: La Perricholi, una telenovela ambientada en época colonial, con el virrey como malo malísimo intentando ligarse a la perricholi… Un éxito de crítica y público.
Y ya, sin más tiempo, al hotel que al día siguiente había que madrugar (la última madrugada, que ya en Lima fue de otra manera…)

lunes, 19 de septiembre de 2011

11-08-11 El Valle Sagrado



Como el día anterior nos habíamos acostado pronto porque estábamos muy cansados del madrugón nos pudimos levantar prontito para aprovechar bien el día. Después de desayunar al lado del hotel, en un restaurante llevado por unas chicas jóvenes y espabiladas, nos acercamos andando a las ruinas de Ollantaytambo, que estaban a cinco minutos. Estas ruinas en su mayor parte están muy bien conservadas. No cogimos guía porque ya estábamos cansados de la cantinela. Las recorrimos por nuestra cuenta, parándonos donde queríamos y pegando el oído a un grupo de franceses, para quedarnos con alguna cosilla. Estuvimos allí como hora y media. Era pronto, hacía fresquito y se estaba muy a gusto. Nos gustó especialmente la parte de las conducciones de agua.



Cuando terminamos pasamos a recoger las mochilas del hotel y fuimos a la plaza del pueblo para alquilar un taxi. Nos habíamos informado de las distintas opciones (taxi o colectivos) y el taxi, aunque más caro, nos permitía ir más deprisa para todo lo que queríamos ver.
En la plaza de pueblo preguntamos a un policía que dónde estaba la parada de taxis. El policía pegó un chiflido y se acercó un coche. El taxista de entrada pidió 150 soles. Nosotros ofrecimos 100. El taxista bajó a 120 soles. Después de mucho negociar nos lo acabó dejando por 120 soles.
El taxista resultó ser guía también, así que nos iba contando cosas interesantes. Además trabajaba en los trenes de Ollantaytambo. Lo del taxi era solo un complemento para los descansos.
La primera parada la hicimos en la iglesia de Maras. No teníamos pensado ir allí, pero como el taxista nos llevó, pues bueno… La iglesia resultó interesante. Había una persona del pueblo que nos iba enseñando cosas. Algunas esculturas de santos daban cosica, pero en general fue una buena visita.


De aquí nos fuimos a ver las salineras de Maras. Aunque había oído hablar de ellas pensaba que no merecían la pena, así que tampoco tenía tanto interés en ir. Menos mal que el taxista se empeñó en llevarnos. Fue la visita del día, y una de las del viaje, y creo sobre todo, que por inesperado.
Las salineras, como su propio nombre indica son unas “piscinas” para la extracción de la sal. Es un proceso artesanal y familiar. Cada familia tiene su piscina, y hay una barbaridad. La anécdota del día fue que nos entrevistaron una televisión japonesa, que cómo habíamos llegado allí, que cómo nos habíamos enterado, que si nos estaba gustando el Valle Sagrado… Además dio la casualidad que Adela llevaba una camiseta con unas cosas escritas en japonés y a la vuelta, ya fuera de cámara, nos preguntaron que cómo era eso, y estuvimos diciendo que nos gusta mucho Japón, que hemos estado dos veces, que queremos volver… Y nada, muy simpáticos. 




Allí compramos unos maíces recién tostados, de un montón de variedades distintas y que estaban espectaculares.
De allí nos fuimos a Moray, a ver las famosas terrazas. Estas tienen unas formas circulares concéntricas, bastante curiosas. Dicen que era una especie de laboratorio de cultivos, que simulaba las condiciones de la costa, de la sierra y de la selva, y experimentaban qué cultivos se deban mejor según las regiones. Pero al final no dejaban de ser más terrazas, de esas que ya empezábamos a estar un poco cansados de ver…


Finalmente nos dirigimos a la última parada del recorrido: Písac. Son unas ruinas bastante grandes a las que llaman el pequeño Machu Picchu. Quizá ese nombre sea un poco pretencioso, pero las ruinas no están mal del todo… La pena es que llegamos bastante tarde, estaba casi anocheciendo y empezó a hacer frío, y creo que nos vino de golpe toda la paliza de los días de atrás. Mientras Adela se quedó acurrucada en una esquinilla, yo me fui a dar una pequeña vuelta. El paseo era por una senda que daba al valle, chula pero algo peligrosa. Los escalones en algunos tramos no estaban para nada bien cuidados, y si te resbalabas te podías ir abajo. 


Por otro lado nuestro taxista se había marchado, así que entre que Adela estaba esperando, que no se veía el final del camino y que ya se había hecho tarde, me di media vuelta, esperando encontrar algún taxi que nos bajara al pueblo, ya que las ruinas están bastante distantes (una media hora por carretera, aunque se puede bajar andando a través de las ruinas, un camino chulo que de haber tenido tiempo me hubiera gustado hacer).
Afortunadamente en la puerta había un taxista esperando. Como era el último que quedaba no nos quedó más remedio que cogerle, a pesar del precio desorbitado que nos cobró. Nos llevó directamente al centro, donde cogimos un colectivo hacia el Cuzco, a unos 50 km.
Y fue así como, después de cinco días y un montón de kilómetros a cuestas, volvimos a pisar el ombligo del mundo.
Nos acercamos andando al hotel, aunque de camino paramos a comprar unas empanadillas en una pastelería. Eran las 6 de la tarde y no habíamos comido más que los maíces tostados. Después de un mini descanso cruzamos a recoger las chompas encargadas, ya que nos dijeron que las tendrían. Pero como les habíamos comentado que hasta el día siguiente no volvíamos no las tenían preparadas. Así que tras quedar con ellos a las 14:00, nos fuimos a dar una vuelta de nuevo por la plaza de armas, para cenar y acabamos cenando al lado del hotel donde nos tomamos unos Piscos sour.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

10-08-11 La joya del viaje: El Machu Picchu


Este día en teoría era el cuarto día del camino inca, pero bueno, se dedica todo a ver el santuario de Machu Picchu. Pero como ya estábamos en la civilización no nos levantamos a la misma hora que en el camino, no, no, no… Se acabó eso de levantarse a las 5 de la mañana. En esta ocasión nos dimos el lujo de levantarnos a las 4 de la mañana…
En fin, que para subir al Machu Picchu se puede hacer de dos maneras: o en bus o a pata. Nosotros teníamos el bus pagado, así que era tontería subir hora y media andando. De todas formas nos hubiéramos tenido que levantar a la misma hora. Así que a las cuatro y media ya estábamos en la cola. Adela se quedó tomando el café en el hotel, y cuando me dio el relevo me acerqué yo a desayunar un poco de fruta, porque el hotel estaba a un minuto andando.
Los autobuses comenzaban a salir a las cinco y media, así que una hora de espera viendo cómo la cola se hacía cada vez más y más larga. Finalmente a las cinco y media la cosa se puso en marcha y a nosotros nos tocó ir en el segundo autobús. La gente que fue en el primero no quiero ni pensar a qué hora se levantó para ponerse en la cola.
En veinte minutos llegamos, tras un camino de curva aquí curva allá, a la entrada del yacimiento. Como hasta las 6 no abren estuvimos un rato parados, juntándonos con nuestro guía y con el resto del grupo. Aunque parecía que había bastante gente en la entrada, una vez que se abrió la puerta la gente se fue desperdigando por todo el recinto y donde nosotros acabamos estuvimos prácticamente solos. El guía nos dio una explicación sobre la historia de los incas y del yacimiento mientras esperábamos la salida del sol, que fue espectacular.



Fuimos caminando viendo el templo del sol y otras construcciones hasta que se nos hizo la hora de subir al Wayna Picchu, la montaña de detrás que sale en todas las fotos. Realmente Machu Picchu significa montaña vieja, y es la montaña que está detrás, la que no sale en las fotos. La que está delante, la que todo el mundo fotografía, es el Wayna Picchu, la montaña joven. El verdadero nombre del yacimiento no se conoce.
Así que nosotros, a las ocho menos cuarto, comenzamos a subir. Tras algo más de una hora y alguna que otra parada, llegamos a la parte superior. Las vistas son alucinantes. Desde allí se ve perfectamente el sendero por el que se llega si se hace el camino inca tradicional, y tiene que ser una pasada llegar desde la puerta del sol y ver todo el yacimiento a tus pies. 


Después de disfrutar un rato en la cima, lo peor, como siempre, la bajada, por peldaños estrechos de piedra, y que nos llevó casi más que la subida. Llegamos abajo sobre las diez y media, cuando el siguiente turno ya estaba subiendo. Hicimos bien en subir a primera hora ya que luego empezó a calentar en condiciones.
Después de un rato de descanso seguimos la visita por las ruinas, ya a nuestro aire. Las recorrimos en varios sentidos intentando localizar en el terreno las cosas que veíamos en el plano. De lo que más me impresionó fue el Intihuatana, la piedra donde se atan los rayos solares. Y no sé si sería sugestión mía o qué, pero parecía que realmente la piedra desprendía energía. Luego fuimos a la casa del vigilante, o del guarda, a sacar la típica foto, la que todo el mundo tiene en la cabeza cuando se habla de aquí.



En total estuvimos siete horas en el yacimiento, y no estuvimos más tiempo porque queríamos bajar a ver el museo de sitio que cerraba a las cuatro de la tarde.
Como el autobús solamente te llevaba al pueblo y el museo estaba a mitad de camino tuvimos que bajar andando, de nuevo por escaleras de piedras irregulares… Tres cuartos de hora bajando escaleras… Cuando llegamos abajo, sobre las tres de la tarde, descansamos un rato mientras comíamos algo, un par de barritas energéticas, ya que desde el desayuno hacía casi doce horas, no habíamos probado bocado.
El museo no estaba mal, con fotos antiguas, y hacía sobre todo hincapié en el expolio de las piezas. El problema es que era bastante caro. El hombre de la puerta nos vio llegar desmadejaditos y se portó haciéndonos precio de estudiante. Sobre todo queríamos ir al museo para ver el jardín de orquídeas, pero tuvimos mala suerte ya que no era temporada. No obstante algunas sí que había, pero casi todas las habíamos visto por el camino.
Al terminar el museo nos fuimos al pueblo, veinte minutos andando, y tuvimos la suerte de que fue entrar en el pueblo, llegar a los sotechados, y comenzar a llover. Nos quedamos en una terraza tomando algo, yo una pizza (casi no había comido) y Adela un matecito de coca. 


Mientras yo descansaba Adela se fue a mirar tiendas (debe ser otra forma de descanso para ella), hasta que se nos hizo la hora de coger el tren para Ollantaytambo. Recogimos las mochilas del hotel y para la estación. Por el camino pasamos por un mercado de artesanía bastante grande y que no habíamos visto antes, pero ya no nos quedaba tiempo para mirar nada.
El tren fue un show, pero un show literalmente hablando. El trayecto no era muy largo, casi hora y media, pero nos dieron de comer y de beber, salió uno de los revisores disfrazado de demonio y empezó a bailar al ritmo de la música que salía por los altavoces y sacó a una pasajera para que bailara con él. 


Todo el tren acompañaba a los danzarines dando palmas, y luego una azafata imponente y un azafato nos hicieron un pase de modelos para intentar vender ropa de alpaca. Se nos pasó el viaje en nada…
Y nada más, al llegar a Ollantaytambo cogimos un mototaxi (otra experiencia) para llegar al hotel y a descansar, que estábamos muertecitos de la paliza y las emociones del día.

martes, 6 de septiembre de 2011

7, 8 y 9 de agosto de 2011: El Camino Inca.

Para comenzar solamente decir que si hubiera sabido lo duro que iba a ser, me lo hubiera pensado dos veces. Había leído en foros que era duro, pero imaginaba que la gente no iba preparada, o no estaban acostumbrados a andar, y que no sería para tanto…
Corroboro que es duro. Ahora bien, después de haberlo hecho solamente quedan los buenos recuerdos y la satisfacción por haber conseguido superarlo con esfuerzo.
Empezamos bien, preparando lo que se avecinaba: nos pasaron a buscar a las 4:15. Eso quiere decir que nos tuvimos que levantar a las 3:45 de la mañana… Después de pasar a buscar al resto de integrantes nos dirigimos en furgoneta a Mollepata, el lugar de inicio. El grupo estaba compuesto por tres franceses (dos amigos más otro que viajaba solo), dos brasileños, cuatro alemanes, dos israelíes, un chico americano judío, una chica americana china que lo más bonito que tenía era el nombre (Linda) y una simpática pareja de españoles: nosotros!!
Después de desayunar en el pueblo, donde pudimos comprobar que los precios se habían duplicado, y de escuchar las explicaciones de Nico y Manuel, nuestros guías, nos pusimos en marcha sobre las ocho de la mañana. Esta primera etapa partía de 2900 m. y nos iba a llevar a dormir hasta los 3900 m., así que “to p’arriba”…

Mollepata, nuestro lugar de partida

El grueso del equipaje iba en una mochila grande a lomos de mulas y caballos, junto con las tiendas, la comida y toda la logística. Nosotros solamente llevábamos una mochila pequeña con lo básico: el agua, ropa de abrigo, un poco de comida y ya, que todo pesa.
Del camino poco que decir. Hay que andar y poco más… De vez en cuando parábamos a hacer descansos. Hasta la hora de comer el camino se hizo relativamente cómodo, con el grupo agrupado, valga la rebuznancia, quitando algunos “atajos” que aunque nos ahorraban varias curvas de la carretera, como bien dice el refrán,  “no hay atajo sin trabajo“. Esta primera comida fue la más floja de todas, pero hay que decir que estaba todo riquísimo y abundante.


Y después de comer, más de lo mismo. A partir de aquí la gente ya empezó a ir a su ritmo y el camino puso a la gente en su sitio: yo el último… Bueno, el penúltimo… Y Adelita, no sé si por las hojas de coca, como ella asegura, o la fuerza de voluntad y amor propio que tiene, despacito despacito, para adelante, se paraba a esperarme de vez en cuando. Dice que iba así para no darme preocupaciones… Bastante tenía yo con lo mío!!


Finalmente a eso de las cinco de la tarde llegamos al campamento. Hacía frío y corría el aire, pero el sitio, a los pies de las montañas (como nuestro amigo Marco) era bien chulo. Seguimos con el trastorno de horarios: a cenar a las seis de la tarde, ya noche cerrada, y a las siete a dormir. Repito que hacía FRIO. Ni con los sacos de North Face de -25º conseguimos entrar en calor en toda la noche. Se colaba el aire por todas las rendijas, y eso que la tienda (una de cuatro para nosotros dos) estaba dentro de una carpa… Además, supongo que por el tema de la altitud, el corazón no paraba de bombear como un loco, y casi no se descansaba…
A la mañana siguiente, a las cinco arriba. Nos despertamos con un matecito de coca caliente, y tras un buen desayuno, en marcha otra vez. Este día era el más duro. Si yo ya estaba muerto del día anterior, no quería ni pensarlo. Anduvieron ofreciendo caballos para la subida, y la americana china y uno de los brasileños aceptaron (los dos habían llegado más tarde que yo el día anterior. Bueno, la china llegó antes, pero no sé por donde fue porque no fue andando) pero yo ná de ná, a puro huevo.
Primero nos tocaba subir de 3900 m. a 4650 m. Mal de altura? Pues como que no. Pero claro, andar a esas altitudes es bastante fatigoso. Arriba, a los pies del Salkantay, el guía nos estuvo dando una charla sobre que hay que cuidar la naturaleza, que si el cambio climático y que si el retroceso de los glaciares… La verdad es que era el sitio idóneo para hacerlo, ya que allí, bajo esas montañas imponentes de más de 6000 m., te sentías una mierda, y yo pensaba que algún día la naturaleza se cobrará su venganza…


Ahora todavía quedaba lo peor: la bajada. Desde 4650 m. hasta 2900 m. Más de 1700 m. de bajada continua, por senderos llenos de piedras, matador para las rodillas. Todo el rato igual, todo el rato lo mismo. Porque cuando vas subiendo y no puedes con el cansancio, te paras, respiras, descansas y a seguir. Pero bajando no hay descanso que valga. Las rodillas sufren y por mucho que pares no descansan y siguen sufriendo… Yo llegué tan cansado a la comida que apenas probé nada. Me eché a dormir en un tablón ante el asombro generalizado de la concurrencia… Un sueñecito reparador para coger con un poco (solo un poco) más de fuerza la bajada.
Tras la comida, más de lo mismo: camino estrecho lleno de piedras por el que te adelantaban los arrieros con los transistores al hombro, triscando por las piedras como las cabras… Hasta que finalmente llegamos a nuestro destino tras una última subida a traición. Cuando llego al campamento, muerto-difunto por la paliza del día, observo con estupefacción como 4 de nuestros compañeros de camino están jugando un partido de fútbol!!! Pero si yo no podía dar un paso y ellos ahí, corriendo como locos detrás del balón… Ains, juventud, divino tesoro…
Este día no hacía tanto frío. Me anduve medio duchando en un caño de agua a la intemperie que me sirvió para quitarme toda la suciedad del camino. Y después de cenar, al sobre. He de decir que fue el día que mejor dormí de todos los que estuve en el Perú.


A la mañana siguiente, como el día era corto, nos dejaron dormir más tiempo: Hasta las cinco y media… De nuevo nos despertaron con el mate de coca, y a desayunar.
La verdad es que después de la paliza de los dos días anteriores, este tercer día de camino fue totalmente light. La primera parte se andaba por una pista para coches, ancha y con buen firme. 


La segunda parte, más chula, fuimos andando por un sendero, paralelos a un río, con continuas subidas y bajadas muy suaves. Aquí vimos un montón de orquídeas y otras flores, café, calabazas de árbol y se pasaba por más pueblitos. 


Ya digo que fue suave que terminamos a las 12:00. En un punto del camino nos esperaba una “fregoneta“ que nos llevó al sitio de la comida, y ya se acabó el caminar. A las 12:30 estábamos comiendo. De nuevo nos llevaron en furgoneta al siguiente punto del camino, Santa Teresa, y de allí a coger el tren para Aguas Calientes, ahora llamado Machu Picchu Pueblo. Tuvimos la suerte de que nos dejaron subir al tren justo cuando se puso a llover. Desde allí llegamos en una hora al pueblo, por un camino superchulo, entre vegetación, flores y montañas.


Nuestro hotel no estaba mal. Lo primero, una buena ducha de agua caliente para quitarnos la porquería de tres días de camino, y luego a cenar, que de nuevo al día siguiente tocaba supermadrugada para llegar al punto culmen del viaje: el Machu Picchu.

06-08-11 Cuatro Ruinas

Nuestro plan para este día era recorrer los alrededores del Cuzco. En la recepción del hotel alquilamos un taxi por cuatro horas que nos llevaría a las cuatro ruinas que rodean la ciudad. El primer día en la oficina de turismo nos dijeron que el recorrido se podía hacer andando, que mucha gente subía en taxi y bajaba a pie, y que eran unos 8 kilómetros. Como al día siguiente empezaba el camino inca decidimos no currarnos mucho y hacerlo todo en taxi. Por el camino vimos gente que iba andando y la verdad es que era una ruta agradable, entre un bosquecillo. El taxi nos costó 60 soles, unos 15 euros. Seguro que en la calle lo hubiéramos sacado por menos, pero bueno, teníamos la seguridad de que en el hotel sabían donde íbamos y con quien…
Las cuatro ruinas están a lo largo de una carretera. Subimos hacia la que está más arriba para posteriormente ir bajando.
La primera es Tambomachay, un santuario dedicado al agua. Sin madrugar mucho salimos relativamente prontito. Eso nos permitió ver los sitios con bastante tranquilidad, ya que no había prácticamente gente. Dimos una pequeña vuelta por el recinto, y no nos llevó mucho ya que no era muy grande. Por uno de los laterales corría un arroyuelo bucólico y cantarín… Como aquí no tuvimos guía no nos enteramos muy bien para qué servían las cosas, pero luego hablando con otros turistas nos dijeron no sé qué de si se adivinaba el sexo del niño por el manantial… Ya digo que no nos enteramos…


A la salida de este, a unos 500 m, justo en la siguiente curva de la carretera, se encontraba el siguiente punto, Pukapukara. Este ya era un poquito más grande. Yo creo que lo hicimos bien subiendo arriba al principio, ya que, además de ir bajando, las ruinas van ganando en tamaño y espectacularidad…
En Pukapukara tampoco cogimos guía… Leímos que era una especie de fortaleza o punto de control para una de las carreteras que salían del Cuzco. Aquí anduvimos deambulando a nuestro aire un ratillo un poco más largo, haciendo fotos y disfrutando del paisaje.

Haciendo el canelo en Pukapukara


A continuación, y un poco más abajo, el siguiente punto era Qenko. Aquí se nos acercó un chico para ofrecerse de guía (bueno, en los otros lados también) y como yo quería coger uno para la última, y este nos dijo que nos hacía dos por el precio de uno, pues nada, ya teníamos guía. Nos estuvo explicando un montón de cosas, la mayor parte de las cuales cayó en el olvido. Qenko era una especie de observatorio astronómico. Por supuesto que había nichos donde colocaban las momias de los incas, pero que nada de sacrificios humanos. Solamente de llamas… La verdad es que estuvo entretenido.

En los solsticios la sombra de la roca tenía la forma de un puma.

Por último, para rematar las cuatro ruinas, nos dirigimos a Sacsayhuaman (que se puede ver escrito de un montón de maneras distintas: Saqsayhuaman, Saqsaywaman…). Este era para mi uno de los puntos fuertes de viaje, una de las cosas que más ilusión de hacía ver. Me acordaba de unas diapositivas que nos puso el profesor de Altas Culturas prehispánicas que me parecieron alucinantes.
La verdad es que no me decepcionó… Entre las explicaciones del chico y el entorno en sí, me gustó bastante… Impresiona ver las rocas ciclópeas e imaginar cómo pudieron llevarlas hasta allí… El guía nos contó que hay mucha gente que piensa que fue obra de los extraterrestres, pero que no, que aunque obviamente los extraterrestres existen (¿¿!!??), no fueron ellos los que edificaron Sacsayhuaman,  la llanura del llanto. Este nombre fue dado después de las derrotas ante los españoles. El nombre original no se conoce.



Después de esta excursión, totalmente recomendable, intentamos ir a una tienda de chompas (jerseys) que Adela había visto por Internet. Digo intentamos porque en la supuesta dirección ni existía tienda ni existía nada… Así que tras la decepción y de que el taxista nos dejara de vuelta, no nos quedó más remedio que ir de tiendas al mercado frente al hotel.
Por la tarde, según íbamos por el centro, nos encontramos con una curiosa procesión en honor de San Cristobal.



A continuación visitamos uno de los principales sitios de Cuzco que nos quedaba por ver: el Qoricancha, el antiguo Templo del Sol. Aquí, tras una ardua negociación (él pedía 20, nosotros ofrecíamos 15, finalmente nos lo acabó dejando en 20… ejem….) también cogimos un guía, y la verdad, aunque al principio no se le entendía nada, al final el relato mejoró un montón, y nos alegramos de haber hecho la visita con él. Nos explicó todo el recinto y la parte de afuera, los jardines y fuentes. Total, más de dos horas.



Después visitamos un centro de artesanía enorme que había enfrente de nuestro hotel donde Adela encargó un par de chaquetas de “ bayeta “, forradas. Las hacían en el color y con el dibujo que ella quería y nos las tendrían para el día que regresaramos a Cuzco después de hacer el camino Inca y visitar El valle Sagrado.
Este día tampoco dio para más. Nos queríamos acostar pronto por el madrugón del día siguiente, así que tras sacar unas fotos nocturnas en la plaza de Armas y alrededores fuimos a cenar. El restaurante elegido fue el Antojitos, por supuesto con comida peruana, y aunque nos hicieron esperar tres cuartos de hora para unos espaguittis miserables, los chicharrones de pollo y  las tartas del postre compensaron la espera.