27 octubre 2016

10-08-16. Mingun, monasterio Shwe In Bin, templo Mahamuni Buda y mercado Zay Cho.



Tal como nos dijeron ayer, a las ocho de la mañana estaba puntual nuestro taxista. No se trató del mismo de ayer, pero era igualmente agradable. Llegamos super pronto, a las ocho y veinte. El hombre que se encargaba de los billetes, con los dientes rojos del betel, muy ufano de hablar muy bien inglés, iba preguntando a todos la misma cantinela: pasaporte, nacionalidad, nombre del hotel… Viendo cómo se iba apuntando la gente se nos hizo la hora de zarpar. Para llegar al barco hay que pasar unas pasarelas estrechas de tablones un tanto arriesgadas, pero montan unos palos de bambú que hacen las veces de barandillas, con lo cual si te caes al agua no solo te caes tú sino que arrastras a los que sujetan los bambús…




El trayecto en barco se hace cómodo, unos cuarenta minutos. Podemos contemplar cómo está de crecido el nivel de las aguas, con campos inundados y árboles sobresaliendo.
A la llegada a Mingun han montado un tenderete para que todo el mundo se retrate según sale del barco. No hay escapatoria posible. Y justo al dejar el tenderete comienzan los vendedores de abanicos, collares y demás, siguiéndote un rato, justo hasta que llegas a la primera esquina, donde ya se ve la pagoda de Mingun, y su característica grieta del terremoto de 1838. Se puede subir a la cima, si bien, como en todos estos sitios, hay que hacerlo descalzo, y aunque la primera parte son escaleras normales, la última parte no es apta para todos los públicos. No obstante las vistas desde arriba merecen la pena. Además en la última parte hay un montón de chavales dispuestos a ayudarte por una pequeña propina para la escuela.



Aunque no figura en muchas guías nos pasamos por el edificio de al lado, dedicado a la memoria de la memoria de… ya no me acuerdo, espera que lo miro, que yo no tengo la memoria del señor en cuestión, que recitó 16.000 páginas de escrituras budistas de carrerilla…
Justo al lado está la campana de Mingun, dicen que la más grande del mundo. Bueno, pues una campana sin más. Preferí quedarme haciendo fotos a los niños de fuera…





Y ya como colofón nos queda la pagoda Mya Thein Tan (eso dice san google, mi guía la llama Hsinbyume…) Es el edificio que a mí más de ha gustado de todo Mingun, merece la pena venir aquí por verlo. En este edificio coincidimos con un grupo de españoles con los que no hemos venido en el barco. Como también hemos coincidido con algún grupo de italianos, esto me hace pensar que los grupos grandes tienen otras maneras de llegar aquí distintas a las de la plebe…




En el camino de vuelta, y dado que sobraba tiempo, paré a tomar un fanta, y a reponer fuerzas, que el calor y la humedad me estaban deshidratando. Mientras, Adela se fue a hociquear a ver si mercaba algo, pero no hubo suerte (o quizás sí, depende cómo se mire). Así que a las doce y cuarto nos encaminábamos hacia la hora estricta de salida, recalcada una y otra vez (luego no fue para tanto, salimos cinco minutos tarde) cuando cruzándonos con una chavala que vendía abalorios, no pudimos por menos que pecar.



El viaje de vuelta se hizo igual de cómodo que el de la ida pero al revés. Quitando ese instante breve e intenso cuando yo, en un raro momento en mí, me había conseguido quedar ligeramente transpuesto, y fui bruscamente despertado por unas salpicaduras de oleaje bravío que me empaparon la camiseta…
A la llegada al puerto nos estaba esperando el taxista de por la mañana, con quien habíamos quedado en que nos pasara a buscar. Esto resultó bastante útil de cara a ahuyentar al resto de amigos que te ofrecen diversos medios de transporte. El siguiente destino fue el monasterio de Shwe In Bin. Se trata de un bonito monasterio de madera tallada, pero habiendo visto el día anterior el de Shwenandaw no nos llamó tanto la atención.






Así en unos veinte minutos salimos a buscar a nuestro taxista, que estaba de nuevo esperando dispuesto a llevarnos a la pagoda Mahamuni. Dentro del recinto hay un montón de puestos vendiendo budas dorados de todos los tamaños, coronas radiantes, juguetes y artesanías varias. Por supuesto estas tiendas también hay que visitarlas descalzo. Me gustó el ambiente de esta pagoda, llena de fieles aplicando pan de oro en la estatua de buda (solo los hombres, que decimos de los musulmanes, pero estos también tienen lo suyo), ofreciendo incienso y rezando en general.




Después de perdernos un par de veces buscando nuestra salida, finalmente encontramos a nuestro taxista, quien por última vez nos estaba esperando para llevarnos al mercado Zegyo. Al llegar buscamos un sitio en los alrededores para comer, que ya eran más de las tres, y acabamos parando en uno llamado Min Min, que aparecía en nuestra guía. No estuvo mal, a pesar de que no tenían cerveza.
Así en lo que quisimos llegar al mercado eran casi las cuatro y media. Estaban recogiendo todos los puestos, la mitad de ellos cerrados ya, pero tuvimos la suerte de encontrar uno de telas, que era lo que andábamos buscando, a medio recoger, que nos atendieron divinamente, aunque no quisieron regatear nada de nada…
Al terminar nos acercamos andando al hotel, unos veinte minutos, y cuando llegamos nos dieron la buena noticia de que nuestras maletas ya estaban… en Yangon… Bueno, poquito a poco, no vaya a ser que con las prisas les entre algo… El resto de la tarde lo pasamos descansando en el hotel, de donde no salimos ni para cenar, agotados del calor. La cena fue un poquito cara (como era de esperar) comparada con lo que habíamos gastado hasta ahora, pero tampoco excesivamente, así que sin duda nos mereció la pena.

26 octubre 2016

09-08-16. Run to the Hill (of Mandalay).



Esto de despertarte en un sitio y por medio de un avión dormir en otro es algo que descoloca, ya no sabes en qué día estás, cuándo has visto una cosa u otra…
Puntual a las ocho nos esperaba nuestro chofer, el mismo chaval del día anterior, para llevarnos al aeropuerto de Heho, donde llegamos en unos cincuenta minutos. Gracias a que de equipaje de mano para el viaje llevábamos mochilas dentro de maletas pequeñas, pudimos facturar estas maletas y llevar de mano las mochilas. Y también facturar el paraguas, que como nos explicó muy amablemente el chico de facturación, es un arma peligrosa. No me imagino yo secuestrando un avión a paraguazos, pero bueno, la verdad es que dentro del avión tampoco nos iba a hacer falta…
El caso es que nos ponen la pegatina de la compañía con el destino, y para la sala de espera. En un ratito embarcamos en el avión de línea, que es como un autobús, que va haciendo paradas donde se monta y se baja gente, pero en formato avión. La primera parada la hicimos en Bagan, y la segunda ya fue la nuestra, en Mandalay (pronúnciese Mandaley).
Cuando llegamos, mientras esperamos nuestras maletas (las que hemos facturado en Heho, de lo otro todavía ni hablar) y nuestro arma de destrucción masiva particular en forma de paraguas, me dedico a contar mi historia del extravío al encargado de equipajes perdidos. Muy amable nos indica que tienen una oficina en el centro de la ciudad, donde llevan todas las maletas que llegan, para no tener que subir de nuevo al aeropuerto, que como vamos a tener ocasión de comprobar en breve, hay una buena tirada.
A la salida el gremio de los taxistas lo tienen todo perfectamente estructurado. Taxi privado, 12000. Taxi compartido, 4000 cada uno. Optamos por el taxi compartido, que ya está lleno a falta de dos personas que resultamos ser nosotros dos. El trayecto nos lleva casi una hora, por lo que llegamos al hotel sobre la una de la tarde. Repito mi historia de las maletas una vez más al manager del hotel, quien me asegura que va a hacer todo lo que esté en su mano para resolver mi problema. A las dos salimos a comer a un restaurante justo al lado del hotel, y cuando volvemos para preguntar si hay alguna novedad, el hombre tiene el detallazo de regalarnos dos polos del hotel para aliviar nuestro sufrimiento y que tengamos camisetas limpias para un día más. Ole ahí…
Así que sobre las tres y media, y mediante un taxista avisado por el hotel, emprendemos la marcha camino a las construcciones que hay a pie de la colina de Mandalay. El taxista intenta que le contratemos para el resto de actividades en la ciudad, pero ya lo teníamos todo reservado. No obstante nos da el consejo de que no empecemos a subir a la colina (andando, como queremos subir) más tarde de las cinco y media, pues nos perderíamos la puesta de sol. Y con esta información nos deja en el primero de los cinco edificios: el monasterio Shwenandaw. Aquí, a la entrada, hay que retratarse y comprar los billetes para los monumentos de Mandalay y Sagaing. Es un edificio de madera, precioso, con un montón de tallas en las puertas, en los tejados, en los pilares. Para mi gusto, lo más bonito de la tarde.








Justo al lado se encuentra el monasterio Atumashi, que estéticamente no ofrece demasiado, se trata de un edificio prácticamente vació, pero que mientras le estamos visitando empieza a jarrear con ganas, así que aprovechamos a resguardarnos dentro, lo que le da bastante encanto. A los diez minutos deja de llover y podemos seguir nuestra excursión.



Nos dirigimos entonces a la pagoda Kuthodaw, bastante bonita, con una cúpula dorada como se estila por aquí. Las vendedoras fueron más insistentes de lo necesario, así que se quedaron sin clientes.





Muy cerca también está la pagoda Sandamuni, con un montón de pagoditas blancas, que también nos gustó bastante.





Y por último, la pagoda Kyauk Taw Gyi, fue lo que menos nos gustó de los cinco edificios, que están realmente cerca unos de otros, y que pudimos visitar en unas dos horas. Este edificio recién pintado tenía un montón de luces verdes rodeando las columnas, lo que le daba un cierto toque kitsch.



Finalmente, a las seis menos veinte de la tarde, emprendimos la subida a la colina por unas escaleras que junto a la entrada a esta última pagoda. Como previsión habíamos traído unas bolsas de plástico para poder meter las sandalias, de ser necesario, ya que todos los edificios se ven descalzos. Pronto descubrimos que las chanclas es el calzado oficial de Myanmar. Así que aquí hicimos uso de las bolsas y con las sandalias en la mochila comenzamos a subir. Esta subida es todo lo agradable que puede ser subir por unas escaleras con un calor del demonio, una mochila a cuestas y descalzos. De vez en cuando, a lo largo del recorrido, hay un pequeño templito que sirve para coger aire, resguardarse a la sombra, y observar cómo la gente los parece usar como casa, con camas, barreños y demás. La última parte del camino, cuando la escalera se junta con la carretera, ya la hicimos calzados, después de una breve parada para coger fuerzas. Así que después de mucha fatiga llegamos a ver la puesta de sol por dos minutos. Fue suficiente y mereció la pena el esfuerzo.






A pesar de los ofrecimientos para coger un taxi decidimos bajar andando, esta vez por la carretera, por ver otro paisaje distinto al de subida, sin darnos cuenta que tras la puesta de sol se suele hacer de noche, y a mitad de camino no veíamos un clavel. Así que una vez abajo intentamos coger dos motos para que nos acercaran al hotel, pero nos pedían 6000, lo mismo que nos había costado el taxi, y les dijimos que ni hablar. Nos lo bajaron a 5000, y les dijimos que tampoco, y nos fuimos de allí para que engañaran a otro, pero no a nosotros. Así que justo abajo, a la salida, pillamos un taxi de verdad, que sentaditos cómodamente y con aire acondicionado, nos llevó al hotel por 5000.
Yo había leído que en Mandalay era relativamente difícil conseguir un taxi, pero mi experiencia no es así. Es relativamente difícil conseguir un taxi si lo quieres en mitad de cualquier calle, pero a la entrada (o salida) de los principales monumentos hay bastantes ofreciendo sus servicios. Eso sí, una vez que te alejas, o vuelves a por él o no hay manera.
Ya de vuelta en el hotel no teníamos noticias de nuestras maletas, así que no nos quedó más remedio que salir a comprar algo de ropa. Fuimos al Diamond Plaza y llegamos justo cuando estaban cerrando, a las ocho y media. Aun así fue suficiente.
Para cenar, de camino habíamos visto un sitio que tenía buena pinta, llamado BBQ, y para allá que fuimos. La verdad es que fue bastante decepcionante. El local estaba hasta arriba, la mayor parte eran extranjeros y los camareros estaban saturados. Les pedí expresamente algo que no picara y cuando me lo traen y empiezo a comer, se me queda dormido el paladar. Se lo digo al camarero y me dice que no pica, y yo abrasado (creo que en parte también por el desengaño de la maleta), así sin terminar nos fuimos de allí a descansar, que habíamos tenido buena paliza.

25 octubre 2016

08-08-16. Kakku.



A las ocho, puntuales, nos esperaban de la agencia para llevarnos a Kakku. Una persona con un inglés más que correcto nos presenta a su sobrino, que va a ser nuestro chofer el día de hoy, y mañana para llevarnos al aeropuerto. El inglés del chaval era justito justito, pero luego resultó ser muy competente y prudente. Tras una hora aproximada de camino hacemos un alto en la ciudad de Taunggyi, la capital del estado Shan donde nos encontramos. Allí, en la oficina de Turismo, pagamos las tasas de entrada y cogemos a nuestro guía de la etnia Pa-O (ellos pronuncian po), un chaval muy simpático y con un buen nivel de inglés, que según vamos saliendo nos comenta algo de Taunggyi, de sus seis universidades (en realidad son facultades), institutos, colegios… Tenemos la suerte de que coincidimos con un mercado de ganado que hay en la salida, que se celebra una vez cada cinco días, y se acercan de los alrededores a vender y comprar. Nos gustó bastante el ambiente.




De camino a Kakku el guía nos fue contando características de los Pa-O, como que el color tradicional de las vestimentas es negro o azul muy oscuro, y que en cambio los Shan visten de muchos colores, pero que ellos las toallas de la cabeza las pueden llevar de más colores que los Shan. Que esta toalla de la cabeza simboliza la cabeza de un dragón, de quien creen que descienden… así nos fue amenizando hasta que llegamos a Kakku al cabo de hora y media desde Taunggyi. Paramos a beber un poco de agua fresca en un restaurante que hay frente a la entrada a Kakku, y luego ya nos dirigimos al que para mí era uno de los puntos mágicos del viaje, que no me decepcionó en absoluto. El guía nos iba explicando los distintos tipos de pagodas, los adornos, los personajes que aparecían. Mientras, algunos locales nos pedían hacerse fotos con nosotros, sobre todo con Adela, que debido al percance de las maletas no le había quedado más remedio que comprar ropa local, que le sentaba como un guante e iba guapísima.






Tras un rato de explicaciones, y de la famosa imagen frente al estanque, nos dejó un rato libre para deambular por nuestra cuenta. Disfrutamos muchísimo, a pesar de que el calor del día iba arreciando y las plantas de los pies ya se resentían. Íbamos dando saltitos…






A la salida el guía nos plantea dos opciones. O comer allí mismo, en el restaurante donde habíamos parado antes, o bien conducir hora y media hasta Taunggyi y comer allí. Como con esta segunda opción se nos hacía un poco tarde, y además nos habían tratado fenomenal en el restaurante, decidimos quedarnos a comer allí. No fue caro y estaba todo riquísimo. Además las chicas eran muy simpáticas.
De vuelta en la oficina de turismo el guía nos dejó entrar para conectarnos a la wifi, ya que la del hotel no iba y quería comprobar si tenía algún mensaje del aeropuerto relativo a las maletas. Nada, no había nada. Así que cuando llegamos a Nyaung Shwe sobre las cinco de la tarde, después de llamar al aeropuerto para decir que las maletas no nos las mandasen a Heho (cuando quisiera que apareciesen), sino a Mandalay, donde íbamos a estar tres noches, no nos quedó más remedio que irnos de compras al mercado local. Teníamos que comprar de todo, desde el aseo, ropa interior, camisetas, pantalones… Así gastamos la tarde, de un lado a otro, intentando hacerme entender que quería factura para poder reclamar luego a la compañía de seguros (en muchos sitios me decían que no). Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los establecimientos no son tiendas como tal, sino puestos de un mercado. Puestos fijos y cerrados, pero no son una tienda “normal”. Hasta que tuve la ocurrencia de acercarme a la agencia donde habíamos contratado las excursiones. No estaban los dueños, pero el chico al frente se portó de maravilla. Nos acompañó a las distintas tiendas, haciendo de traductor, lo que nos libró de buenos malentendidos.
Ya en el hotel prácticamente se nos había hecho la hora de cenar. Otra vez nos habíamos quedado sin el masajito programado. Así que nos encaminamos a uno de los lugares recomendados en tripadvisor, que era el Thanakha Garden. La verdad es que genial. Me comí una hamburguesa que me supo a gloria.

24 octubre 2016

07-08-16. Paseo por el lago Inle.



Me desperté sobresaltado y miré el despertador todavía con los ojos medio cerrados. Mierda! Nos hemos quedado dormidos! Era lo menos que nos podía pasar después de tanto cansancio acumulado. Habíamos quedado con el barquero a las ocho y eran las nueve y cuarto. Salí rápidamente por si el hombre seguía esperando, pero qué va, lógicamente se había marchado. La chica de recepción no sabía si iba a volver, pero me cuenta que le ha dejado la tarjeta, por si acaso. Así que le llaman por teléfono y el hombre se presenta en cinco minutos. Nos damos una ducha rápida como podemos y sin desayunar nos vamos con el hombre. Nos lleva al embarcadero y allí comienza nuestra andadura por el lago Inle. Bueno, realmente comienza nuestra andadura por el canal que conecta Nyaung Shwe con el lago Inle. Recuerdo un sentimiento de felicidad, de por fin estar en el lugar deseado pese a todas las vicisitudes, y poder disfrutar de un poco de tranquilidad.
Con nuestro barquero pudimos comprobar una de las características de los birmanos: su afición al betel.




Tal y como había leído en el foro, justo donde el canal desemboca en el lago, había un par de barcas con dos individuos tirados sin pegar palo, que en el momento que nos vieron llegar se pusieron a hacer el paripé con el remo y las redes. Ni me molesté en sacar la cámara. Más adelante tuvimos la oportunidad de ver a verdaderos pescadores con las redes o recogiendo algas.
Pese a que en el correo habíamos pedido a la agencia que no queríamos visitar tiendas, nuestra primera parada fue en una fábrica de seda, extraída no del capullo del gusano de seda, sino del loto. Estuvimos un rato por la tienda y a la salida le dije al guía que no queríamos visitar más tiendas.
- Entonces no quiere ir a la fábrica de cigarros?
- No.
- Y tampoco quiere ir a la fábrica de canoas?
- No, tampoco.
- Y a ver a las mujeres de cuello largo?
- No, ahí tampoco quiero ir. (más que nada porque no me gusta que se les trate como atracciones de feria).
- Pues entonces, dónde quieres ir?
- Ah, pues tú sabrás, que eres el guía…
Como se quedaba sin hacer nada le dije que si al mercado, y me dijo que ya no era posible, demasiado tarde, que el mercado era de 7 a 10 y que como nos habíamos quedado dormidos pues que ya nada. Tampoco es que nos importara demasiado, pero bueno, no hubiera estado mal. Yo le insistía que a Inthein, pero él me decía que más tarde. Así que sin muchas más alternativas nos dirigimos a la pagoda Phaung Daw Oo, donde se conservan cinco figuras de buda que han dejado de ser reconocibles como tales por estar totalmente cubiertas de pan de oro. Por primera vez tuvimos que hacer el gesto que tantas veces repetiríamos a lo largo del viaje, descalzarnos para entrar en la pagoda. La gente estaba allí a lo suyo, rezando, sin preocuparse de las dos parejas de extranjeros (nosotros y un matrimonio alemán mayor) que deambulaban por el recinto. En los bajos de la pagoda hay un mercado, casi todo de longis, el vestido típico de Birmania, en el que los vendedores apenas te insisten.





Así a lo tonto se nos había hecho la hora de comer. El barquero nos llevó por una red de canales hasta el restaurante que le pareció, que nos gustó bastante. Eran una serie de cabañitas construidas sobre el agua y conectadas entre sí por pasarelas, desde donde se veía a la gente pasar en sus barquitas. Ahí estuvimos contemplando un poco la vida del lugar.



Ahora ya sí que pusimos rumbo a Inthein, a donde se llega a través de un canal con varias represillas. Solo hay un sitio para pasar, de manera que si venía alguien de frente, como nosotros íbamos contra corriente no teníamos preferencia, le dejábamos pasar.
Hasta llegar a la pagoda de Inthein hay que recorrer un largo camino con una pendiente suave, sotechado, lleno de vendedores, que parece que no vas a llegar nunca. Pero llegas, y las vistas merecen la pena. A estas horas del día las baldosas ya quemaban, así que con el cansancio acumulado tampoco nos entretuvimos demasiado tiempo. Lo justo para disfrutarlo. Como anécdota, dentro del edificio principal, al lado de uno de los budas, tenían una televisión puesta con un combate de boxeo tailandés. Y los monjes viendo el combate. Me resultó curioso.







El camino de vuelta se hizo más rápido que el de ida debido a la corriente favorable, y nos dirigimos a la última parada del tour, el monasterio del gato saltarín, Nga Phe Kyaung. En el monasterio había bastantes gatos, pero ni saltaban ni nada. También había varias estatuas de madera de buda, de las más antiguas que veríamos en el viaje. Y por supuesto, las correspondientes tiendas, donde ya, después de tantas ocasiones perdidas, algo tuvimos que comprar.


Desde aquí ya pusimos rumbo a Nyaung Shwe, donde llegaríamos a las cinco de la tarde. No quiero imaginar qué habría pasado si hubiéramos hecho todas las visitas a las fábricas y tiendas.
Tras pagar al barquero y seguir sus indicaciones, nos acercamos a la agencia de viajes, para saludar y presentarnos. Nuestro barquero llegó antes que nosotros, y resultó ser el 7º hermano de la familia (no sé si sería el séptimo hijo de un séptimo hijo), mientras que el dueño era el sexto.
Antes de marchar al hotel pasamos a reservar un masaje en la casa de la familia Win. La señora andaba ocupada en ese momento y nos dio hora para las ocho. Ya en el hotel descubrimos que de las maletas no había noticias así que estuvimos descansando un rato hasta que se hizo la hora del masaje. Cuando llegamos estaba todo cerrado. Apareció un hijo de la familia y nos dijo que a las ocho se cierra, y que para el día siguiente. Le dijimos que nos habían dicho que a las ocho pero no hubo manera. Así que nada, a cenar al Live Dim Sum House, que nos pillaba justo al lado del hotel. La cena estuvo bastante bien, en un sitio tranquilo y agradable. No nos entretuvimos mucho, nos esperaba nuestra primera noche completa en cama desde había bastante.