Por fin llegó el gran día, el día que íbamos a acometer la aventura que daba sentido a todo el viaje, la causante del mismo, y sin la cual el viaje no hubiera sido igual.
Teníamos que estar a las ocho
menos cuarto, pero con los nervios llegamos un poco antes. Apenas había un par
de coches. Enseñamos los permisos junto con el pasaporte en la ventanilla y nos
mandaron sentar en unos bancos de madera que había al aire libre. Allí
esperamos a que llegara el resto de la gente. La Selva Impenetrable de Bwindi
(importante lo de Impenetrable, no es un adjetivo baladí) tiene cuatro puntos
de entrada para poder ver los gorilas. En nuestra zona había seis familias
habituadas, y para cada familia seríamos entre seis y ocho personas. Cuando
estamos todos comienzan a darnos una charla de una media hora sobre los
hábitos, alimentación, normas de comportamiento… de los gorilas. Un montón de
información.
Cuando acaba la charla nos
asignan a las distintas familias. En nuestro grupo somos seis personas. Una
familia italiana de cuatro miembros (padre, madre, hijo e hija), Adela y yo. El
guía que nos toca nos vuelve a dar más o menos la misma charla que nos acaban
de dar, normas de comportamiento y demás. Después de esto nos preguntan que si
queremos llevar porteador. Nosotros dos cogemos uno cada uno, y la familia coge
a dos. Así que nuestra expedición está formada por el guía, dos guardas
armados, seis turistas y cuatro porteadores. Y ya nos ponemos en marcha. Todos
se suben a los vehículos del parque, menos nosotros dos, que no tenemos sitio y
nos toca ir con nuestro coche y llevar al guía.
Como a un par de kilómetros de
las oficinas dejamos el coche aparcado de cualquier manera en la cuneta, y después
de los últimos preparativos comenzamos a andar. El guía se va comunicando con
los rastreadores (que han salido bien pronto por la mañana para localizarles
donde les dejaron el día anterior). Yo pensaba que usarían walkies para hablar
entre ellos, pero qué va. Usan el móvil. Y como estamos en medio de la selva,
hay sitios sin cobertura. Al principio seguimos unos senderos más o menos
marcados. Estrechos, en los que solamente cabe una persona que se tiene que ir
quitando ramas de encima, pero con el suelo relativamente limpio. En un par de
ocasiones no voy a decir que el guía se perdió, pero sí que nos tocó deshacer
el camino andado porque no iba hacia donde deberíamos ir. Cuando lees los
diarios o las experiencias de gente que lo ha hecho antes, algunos comentan que
si tienes suerte, en una hora de caminata puedes llegar al sitio de
avistamiento. Nosotros no la tuvimos. Necesitamos tres horas de andar por la
selva, la última hora y media con el guía abriéndose paso a machetazos por
sitios donde no había camino ninguno, y donde entiendes el verdadero
significado del adjetivo Impenetrable que acompaña a Bwindi. Era un continuo
sube y baja (más sube que baja) por el monte. No por nada son gorilas de
montaña, y no de llanura. Adela iba entusiasmada, y más cuando el guía le dijo
que llevaba muy buen ritmo. Pero yo las estaba pasando putas. Mira que me había
propuesto prepararme algo físicamente para no acabar matao, pero entre que iba
pasado de peso y que no había hecho nada de ejercicio, estaba sufriendo. Un consejo
que nosotros leímos por ahí y que aplicamos, muy importante llevar guantes,
tipo jardinero, para poder agarrarte a lo que sea sin que te pique. También es
recomendable llevar polainas, o bien calcetines largos y gordos para ponerte
por encima del pantalón.
La función de los dos guías armados que nos acompañaban, uno abriendo el grupo y el otro cerrándole, según nos contaron, es por si nos encontramos con un grupo de gorilas que no están habituados a los humanos, se dispara al aire para asustarles. O también por si nos encontramos con un elefante de montaña. Yo pensaba que solo había elefantes africanos o asiáticos, pero estos elefantes de montaña son un pariente más pequeño de los africanos. Y aunque no les vimos, sí que vimos un resto reciente.
Bueno, pues después de tres horas de caminar, de perdernos un par de veces, de que mi porteador le tuviera que decir al guía por dónde era el camino, cuando ya estaba reventado, nos dicen que ya hemos llegado. En ese momento te pones la mascarilla, dejas la mochila y todo lo que lleves, coges solamente la cámara de fotos, y los guías dan el relevo a los rastreadores, que son los que permanecen con el grupo todo el día. Y ponen el cronómetro en marcha (literal, la alarma del móvil) y tienes una hora. Yo, después de la paliza del trayecto, del agobio de la mascarilla y que se me empañaban las gafas, de la opresión de la vegetación, que parecía que ahogaba de tanta que había, y de que me puse encima de un grupo de hormigas safari que me empezaron a subir por la pierna y me picaba todo el cuerpo, no disfruté nada. Y con la presión de intentar hacer buenas fotos. Porque claro, si no haces buenas fotos que enseñar a la vuelta… En fin. Adela, en cambio, disfrutó de cada momento. Al rato conseguí relajarme un poco, pero no llegué a disfrutar de la experiencia como tal, pendiente como estaba de las fotos.
Seguimos un rato a la familia, según iba moviéndose en busca de comida, con el espalda plateada a la cabeza, y cuando llevábamos un poco, el guía nos dice, quedan cinco minutos. Es verdad eso de que el tiempo se pasa volando, y de que te quieres quedar más rato. Suena la alarma del móvil, y nos despedimos de los gorilas.
Ahora a la vuelta, después de haber visto las fotos, desde luego que mereció, y mucho, la pena, pero insisto, personalmente no lo disfruté en el momento.
Ya solo nos quedaba volver. Y si
a la ida no teníamos claro el destino y tuvimos que dar varias vueltas hasta
encontrar el lugar, ahora a la vuelta estaba cristalino: los coches. Así que
después de dar la propina a los rastreadores emprendimos la marcha por el
camino más corto: la línea recta. Daba igual que tuviéramos que subir y bajar
no sé cuántas colinas, a pesar de que la lógica dice que si vas por los valles,
aunque sea más largo, tardes menos. Línea recta. Por sitios sin ningún camino,
abriéndose paso de nuevo a machetazos. La última hora se me hizo eterna, me
tenía que para cada poco a coger aire porque estaba cansadísimo. Por fin,
después de dos horas de vuelta, llegamos a los coches. En total seis horas. Lo
primer que hizo el guía cuando llegamos fue tirarse al suelo, diciendo que
estaba reventado y que no podía más. Pues si él estaba así, que no digo que lo
haga a diario, pero sí con cierta frecuencia, imagínate nosotros. Después de
pagar a los porteadores y darles una buena propina, y otra un poco menor al
guía, le llevamos de vuelta a las oficinas. En este trayecto tuvimos un
percance con una moto, que en una curva ciega venía por nuestro carril y se nos
echó encima. Se cayeron al suelo, no les pasó nada, pero le hicieron un bollo
al paragolpes del coche. El guía me dijo, sigue.
Al llegar al hotel me eché una
buena siesta, estaba muerto. A última hora de la tarde nos dimos un paseo por
el pueblo con Cyria, que nos iba a enseñar un proyecto que tiene en marcha para
fijar a la población local. Para proteger a los gorilas hace falta que no se
degrade su ecosistema. Para eso la población local que viva por la zona no
tiene que arrasar el bosque como medio de vida. Cyria estaba construyendo unas
escuelas de costura para niños, de manera que tuvieran un oficio alternativo.
Y ya el día había dado
suficiente de sí, así que después de cenar otra vez en la chimenea, nos
acostamos bien pronto para recuperar fuerzas de la paliza del día.
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