23 octubre 2026

08-08-2026. Últimas fotos y vuelta a casa.

Teníamos el vuelo a las tres y media de la tarde, así que nuestra idea era coger el bus a las doce y media, para ir con un poco de calma. Adela prefirió quedarse haciendo la maleta con tranquilidad, así que lo que se me ocurrió fue ir a hacer más fotos a las figuritas de la orilla de Buda que habíamos visto al principio de la semana de noche.








Y por fin crucé andando el emblemático Puente de las Cadenas, que no lo había hecho en toda la semana.









A las once ya estaba de vuelta en el hotel, que también tenía que hacer la maleta. Y sin mucho más que contar, así acaban nuestras vacaciones de este año.

22 octubre 2026

07-08-2026. Balneario Szent Lukács, Café Nueva York, Biblioteca Ervin Könytár y ópera.

Se estaba acabando nuestra semana y todavía no habíamos hecho una de las típicas actividades que se suelen hacer en Budapest, que es el balneario. A mí me hubiera hecho ilusión volver al Gellert, que visité años atrás, pero estaba cerrado por reformas. De entre las opciones restantes elegimos el Szent Lukács. Al principio no nos enteramos muy bien y pensamos que lo único que había eran las piscinas exteriores, pero después de un rato zascandileando por allí me puse a recorrer pasillos hasta encontrar las aguas termales, y allí echamos el resto de la sesión. Estuvimos cerca de tres horas.





Desde aquí nos fuimos al mercado central, que Adela todavía no había visto. Como el tranvía que nos llevaba hacía parada cerca de la estatuilla del Yoda, aproveché para enseñársela a Adela, que tampoco la había visto. En el mercado estuvimos comprando los regalos del viaje, una especie de salchichón típico para la familia, que resultó estar buenísimo.


A las tres y media teníamos reserva en el famoso Café Nueva York. Al principio se me había ocurrido la peregrina idea de ya que íbamos, comer allí. Pero Adela me abrió los ojos y me hizo ver que no merecía la pena pagar ese pastizal, así que comimos en un restaurante turco por el camino. Al llegar al café había dos colas, una para los que tenían reserva (que estaba vacía) y otra para los que no. Al ir a entrar el portero me paró de no muy buenas maneras, cuestionando mi reserva. Cuando se la enseñé ya fueron todo amabilidades. Primero pensé que era porque mi ropa no era adecuada del todo, ya que en su web insisten en ir “elegantes”. Incluso me puse pantalones largos, pese al calor que hacía. Pero una vez dentro ves que la gente se pasa el código de vestimenta por el forro. Aquello se ha convertido en un parque temático donde la gente no va a disfrutar, sino a hacerse fotos. Salí con un sabor bastante agridulce, pese al batido que me tomé.






Cuando terminamos Adela se fue al hotel a descansar y a prepararse para la ópera, y yo seguí haciendo visitas que tenía pendientes. La primera fue la Biblioteca Ervin Könytár, donde llegué por los pelos quince minutos antes del cierre.








Luego, como todavía era bastante pronto, me di un buen paseo buscando las figuritas de Kolodko que me faltaban. Como los trayectos entre las figuras estaban bastante mal conectados por transporte público, me tocó hacer casi todo andando.












Después de una ducha para quitarme el calor de la caminata y ponerme un poco elegante, salimos para la ópera. Al principio pensé que, al igual que en el Café Nueva York, la gente iría como le diera la gana. Pero qué va, iban auténticamente elegantes. Llegamos con media hora de antelación que aprovechamos para hacer fotos a las distintas partes del edificio.






Habíamos cogido las entradas para ver “obras de Mozart”. Yo me preguntaba qué sería eso. Al final eran las arias y recitativos de tres óperas, acompañados de un pianista. De esta forma te pierdes el contexto y la historia, y solo te centras en la música, pero mereció la pena. Los solistas eran buenísimos y la acústica espectacular. Salimos super contentos. Cuando acabó también aprovechamos para echar alguna foto, hasta que nos iban apagando las luces y no nos quedó más remedio que irnos.




21 octubre 2026

06-08-26. Excursión a Esztergom, Visegrad y Szentendre.

Hoy me iba otra vez de excursión, pero esta vez solo. Adela, ya antes de salir de España, me había avisado que según estaba su espalda no quería hacer días días de excursión. Así que mientras ella se quedaba descansando en un relajado día, yo me metí una buena paliza. Hay que compensar.

Primero fui al destino más lejano, Esztergom, para luego ir volviendo. El trayecto en tren me llevó como una hora. Lo más famoso para visitar es la catedral del San Adalberto, el edificio más grande de toda Hungría. En la propia estación de trenes cogí un bus que me acercó bastante, pero la última subida no te la quita nadie. Eso fue solo el principio. Después de un rato dando vueltas encontré la entrada en el lado izquierdo del edificio, bastante mal señalizada. Compré la entrada completa, que incluía cripta, cúpula y catedral. Lo primero es la cripta, donde no estuve mucho rato ya que me daba un poco de mal rollo.






Luego subes a la cúpula, mezclando ascensor con unas escaleras de caracol por las que solo cabe una persona, de modo que hay un vigilante en cada extremo con un walkie y se van avisando si dejan pasar o te toca esperar. Después de una pequeña palicilla llegas arriba y las vistas compensan el esfuerzo. El río Danubio hace de frontera natural y la otra orilla ya es Eslovaquia.







En el recorrido de bajada te hacen pasar por una especie de museo y una cafetería, hasta que ya llegas a la nave de la iglesia, que bueno, ni fu ni fa. La visita me llevó una hora.




Desde aquí me acerqué a ver la Iglesia de San Ignacio de Loyola, pero la encontré cerrada. Seguí andando por una calle paralela al canal, pasando por piscinas donde a esas horas, las once, ya se estaba refrescando medio pueblo del calor que hacía. Acabé desembocando en la Plaza Széchenyi, una especie de plaza mayor bien engalanada pero desierta.






A las doce menos cuarto cogí un bus para Visegrad, donde llegué en unos cuarenta minutos. Lo primero que hice fue entrar en un supermercado junto a la parada del bus y comprar dos botellas de agua. La primera me la bebí de un trago, y la segunda la guardé para la subida al castillo. Había leído que se podía subir o en taxi, o andando por un camino. Taxis no vi, por lo menos donde había bajado yo, así que me tocó subir andando. También digo que si hubiera habido taxi, dudo que lo hubiese cogido. El tema es que fui andando por lo que en teoría era un camino, pero en la práctica era una senda por el medio del monte, lleno de arena y con un calor infernal. Solo fueron dos kilómetros, pero se me hizo eterno. La segunda botella de agua no llegó a la mitad del camino, así que cuando llegué arriba me quedé un buen rato sentado en la sombra, esperando a ver si se me pasaba un poco el sofoco. La chica de la taquilla me miraba como diciendo, pero bueno, vas a entrar o te vas a quedar ahí. Al final las vistas desde arriba son chulas, pero me gustaron bastante más las de Esztergom. Puede ser que fuera por llegar reventado, pero si volviera a hacer esta excursión, quitaría este pueblo y me quedaría solo son Esztergom y Szentendre.





Según bajé volví a pasar por el super y cayó un heladito y una mirinda. Me tocó esperar un ratillo a que pasara el bus, y luego otros 50 minutos en llegar hasta Szentendre, así que nada más llegar busqué lo primero que hubiera abierto para comer. En este caso resultó una hamburguesería local que me vino de mimo. El centro histórico se reduce a unas poquitas calles, bastante bien cuidadas, pero que con toda la paliza del día encima lo que tenía ganas era de volver al hotel.















La vuelta a Budapest se hacía ya en tren, pero no era directo, sino que me tocaba hacer trasbordo. Tuve la suerte de que según me monté en el primero, arrancó. Pero era un tren yo creo que todavía de época soviética. Sin aire acondicionado, a una velocidad máxima de paso tortuga, no entraba aire por ningún sitio. Era como una sauna. Después de 25 minutos de tortura hice transbordo en Újpest, donde ya cogí uno moderno bien fresquito. Llegué al hotel tan reventado que ya casi no quise ni salir a cenar.