21 octubre 2026

06-08-26. Excursión a Esztergom, Visegrad y Szentendre.

Hoy me iba otra vez de excursión, pero esta vez solo. Adela, ya antes de salir de España, me había avisado que según estaba su espalda no quería hacer días días de excursión. Así que mientras ella se quedaba descansando en un relajado día, yo me metí una buena paliza. Hay que compensar.

Primero fui al destino más lejano, Esztergom, para luego ir volviendo. El trayecto en tren me llevó como una hora. Lo más famoso para visitar es la catedral del San Adalberto, el edificio más grande de toda Hungría. En la propia estación de trenes cogí un bus que me acercó bastante, pero la última subida no te la quita nadie. Eso fue solo el principio. Después de un rato dando vueltas encontré la entrada en el lado izquierdo del edificio, bastante mal señalizada. Compré la entrada completa, que incluía cripta, cúpula y catedral. Lo primero es la cripta, donde no estuve mucho rato ya que me daba un poco de mal rollo.






Luego subes a la cúpula, mezclando ascensor con unas escaleras de caracol por las que solo cabe una persona, de modo que hay un vigilante en cada extremo con un walkie y se van avisando si dejan pasar o te toca esperar. Después de una pequeña palicilla llegas arriba y las vistas compensan el esfuerzo. El río Danubio hace de frontera natural y la otra orilla ya es Eslovaquia.







En el recorrido de bajada te hacen pasar por una especie de museo y una cafetería, hasta que ya llegas a la nave de la iglesia, que bueno, ni fu ni fa. La visita me llevó una hora.




Desde aquí me acerqué a ver la Iglesia de San Ignacio de Loyola, pero la encontré cerrada. Seguí andando por una calle paralela al canal, pasando por piscinas donde a esas horas, las once, ya se estaba refrescando medio pueblo del calor que hacía. Acabé desembocando en la Plaza Széchenyi, una especie de plaza mayor bien engalanada pero desierta.






A las doce menos cuarto cogí un bus para Visegrad, donde llegué en unos cuarenta minutos. Lo primero que hice fue entrar en un supermercado junto a la parada del bus y comprar dos botellas de agua. La primera me la bebí de un trago, y la segunda la guardé para la subida al castillo. Había leído que se podía subir o en taxi, o andando por un camino. Taxis no vi, por lo menos donde había bajado yo, así que me tocó subir andando. También digo que si hubiera habido taxi, dudo que lo hubiese cogido. El tema es que fui andando por lo que en teoría era un camino, pero en la práctica era una senda por el medio del monte, lleno de arena y con un calor infernal. Solo fueron dos kilómetros, pero se me hizo eterno. La segunda botella de agua no llegó a la mitad del camino, así que cuando llegué arriba me quedé un buen rato sentado en la sombra, esperando a ver si se me pasaba un poco el sofoco. La chica de la taquilla me miraba como diciendo, pero bueno, vas a entrar o te vas a quedar ahí. Al final las vistas desde arriba son chulas, pero me gustaron bastante más las de Esztergom. Puede ser que fuera por llegar reventado, pero si volviera a hacer esta excursión, quitaría este pueblo y me quedaría solo son Esztergom y Szentendre.





Según bajé volví a pasar por el super y cayó un heladito y una mirinda. Me tocó esperar un ratillo a que pasara el bus, y luego otros 50 minutos en llegar hasta Szentendre, así que nada más llegar busqué lo primero que hubiera abierto para comer. En este caso resultó una hamburguesería local que me vino de mimo. El centro histórico se reduce a unas poquitas calles, bastante bien cuidadas, pero que con toda la paliza del día encima lo que tenía ganas era de volver al hotel.















La vuelta a Budapest se hacía ya en tren, pero no era directo, sino que me tocaba hacer trasbordo. Tuve la suerte de que según me monté en el primero, arrancó. Pero era un tren yo creo que todavía de época soviética. Sin aire acondicionado, a una velocidad máxima de paso tortuga, no entraba aire por ningún sitio. Era como una sauna. Después de 25 minutos de tortura hice transbordo en Újpest, donde ya cogí uno moderno bien fresquito. Llegué al hotel tan reventado que ya casi no quise ni salir a cenar.

20 octubre 2026

05-08-2026. Excursión a Bratislava.

Este día sí que nos tocaba madrugar, pero no por evitarnos el calor, sino porque teníamos que coger el tren para ir a Bratislava. El tren salió perfectamente puntual, y el tiempo estimado era de dos horas y media, pero sin saber cómo ni por qué, acabó durando tres horas. Salimos a las siete y media y llegamos a las diez y media. A esa hora el calor ya pegaba fuerte así que nada más salir de la estación cogimos un autobús para acercarnos al centro. Tras una breve parada en un pequeño súper para reponer líquidos, atravesamos la Michalská brána y entramos en el centro histórico.




Este centro histórico es realmente pequeño para una capital europea, y antes del viaje estuve valorando si merecía la pena pegarse la paliza del tren para una excursión que normalmente se hace desde Viena por su cercanía. Pero claro, estar una semana sólo en Budapest, sin salir de la ciudad, tampoco tenía mucho sentido, así que al final decidimos acercarnos.

Como teníamos bastante tiempo empezamos a vagar un poco sin rumbo, viendo las cosas que nos íbamos encontrando. Así visitamos la Plaza Mayor, la estatua de Čumil, la catedral de San Martín para acabar el recorrido en la Iglesia Azul, donde por un módico precio escuchamos un miniconcierto de cuatro obras de órgano. Nos sirvió para resguardarnos del sol.











A esto ya eran las dos de la tarde y estábamos derrengados, así que optamos por acercarnos al centro comercial Eurovea, inmenso, y pillar algo de aire acondicionado. Comimos algo allí mismo y estuvimos un rato haciendo la zarramanga, reuniendo el valor necesario para enfrentarnos al calor de nuevo.

Sobre las cuatro y media cogimos un bus que nos llevara al centro histórico de nuevo, para atravesarlo por calles que no habíamos cogido por la mañana, pero en seguida nos rendimos y optamos por ir ya hacia la estación de trenes. Aviso que viene chapa. Aunque teníamos el tren de vuelta a las seis y cuarto, a las cinco y media ya estábamos allí, esperando pillar algo de fresco, que resultó misión imposible. Nuestra sorpresa fue llegar a la estación para ver que todos los trenes iban con un retraso del demonio. El nuestro, 80 minutos que pasaron a ser 90 al poco rato. El de las cinco y media igual, 50 minutos de retraso. Me fui a preguntar en distintas ventanillas a ver si con nuestro billete de las 18:15 nos podríamos montar en el de las 17:30, que llegaría a nuestra hora, más o menos. Me empezaron a marear mandándome de un sitio para otro sin dejarme nada claro. Una familia de españoles que andaba por allí cerca nos comentó que les habían dicho que habláramos con el revisor una vez llegara el tren. Les pregunto que dónde les han dicho eso, y me señalan la ventanilla de dónde acabo de volver yo diciéndome que no se podía… Y bueno, eso hicimos. Afortunadamente la revisora resultó ser bastante amable, porque el carácter de los eslovacos con los que habíamos tratado era parecido al de sus vecinos húngaros. Así ya solo nos quedaban las tres horas de vuelta hasta llegar a Budapest.