Teníamos nuestro vuelo a las nueve y media de la mañana, así que otra vez a madrugar para salir a las siete y llegar al aeropuerto con margen. El vuelo se hizo sin problemas, y al llegar a Cartagena cogimos un taxi que nos costó poco más de cinco euros para ir a nuestro hotel, el Hotel Boutique las Carretas, situado en pleno centro histórico muy muy cerca de la plaza de los coches y de la torre del reloj. Al llegar tan pronto todavía no teníamos la habitación preparada, así que nos fuimos a dar un primer paseo. Yo esperaba que la gente fuera mucho más pesada intentado venderte excursiones, pero la verdad es que no insistían para nada tras el primer no.
La diferencia con el tiempo que nos había hecho en Medellín, la ciudad de la eterna primavera, y el bochorno que nos encontramos en Cartagena fue notable. El casco histórico no dejaba de ser una sucesión de tiendas de souvenirs, restaurantes, hoteles y pequeñas tiendas de alimentación, pero aun así tenía mucho encanto.
Aprovechamos para comer en lo que nos daban la habitación, para después echarnos una siestecita para huir de calor.
El resto de la tarde se nos fue en seguir paseando, para acabar cenando en un restaurante de clara inspiración norteamericana unos tacos con más pena que gloria.