Hoy me iba otra vez de excursión, pero esta vez solo. Adela, ya antes de salir de España, me había avisado que según estaba su espalda no quería hacer días días de excursión. Así que mientras ella se quedaba descansando en un relajado día, yo me metí una buena paliza. Hay que compensar.
Primero fui al destino más lejano, Esztergom, para luego ir volviendo. El trayecto en tren me llevó como una hora. Lo más famoso para visitar es la catedral del San Adalberto, el edificio más grande de toda Hungría. En la propia estación de trenes cogí un bus que me acercó bastante, pero la última subida no te la quita nadie. Eso fue solo el principio. Después de un rato dando vueltas encontré la entrada en el lado izquierdo del edificio, bastante mal señalizada. Compré la entrada completa, que incluía cripta, cúpula y catedral. Lo primero es la cripta, donde no estuve mucho rato ya que me daba un poco de mal rollo.
Luego subes a la cúpula, mezclando ascensor con unas escaleras de caracol por las que solo cabe una persona, de modo que hay un vigilante en cada extremo con un walkie y se van avisando si dejan pasar o te toca esperar. Después de una pequeña palicilla llegas arriba y las vistas compensan el esfuerzo. El río Danubio hace de frontera natural y la otra orilla ya es Eslovaquia.
En el recorrido de bajada te hacen pasar por una especie de museo y una cafetería, hasta que ya llegas a la nave de la iglesia, que bueno, ni fu ni fa. La visita me llevó una hora.
Desde aquí me acerqué a ver la Iglesia de San Ignacio de Loyola, pero la encontré cerrada. Seguí andando por una calle paralela al canal, pasando por piscinas donde a esas horas, las once, ya se estaba refrescando medio pueblo del calor que hacía. Acabé desembocando en la Plaza Széchenyi, una especie de plaza mayor bien engalanada pero desierta.
A las doce menos cuarto cogí un bus para Visegrad, donde llegué en unos cuarenta minutos. Lo primero que hice fue entrar en un supermercado junto a la parada del bus y comprar dos botellas de agua. La primera me la bebí de un trago, y la segunda la guardé para la subida al castillo. Había leído que se podía subir o en taxi, o andando por un camino. Taxis no vi, por lo menos donde había bajado yo, así que me tocó subir andando. También digo que si hubiera habido taxi, dudo que lo hubiese cogido. El tema es que fui andando por lo que en teoría era un camino, pero en la práctica era una senda por el medio del monte, lleno de arena y con un calor infernal. Solo fueron dos kilómetros, pero se me hizo eterno. La segunda botella de agua no llegó a la mitad del camino, así que cuando llegué arriba me quedé un buen rato sentado en la sombra, esperando a ver si se me pasaba un poco el sofoco. La chica de la taquilla me miraba como diciendo, pero bueno, vas a entrar o te vas a quedar ahí. Al final las vistas desde arriba son chulas, pero me gustaron bastante más las de Esztergom. Puede ser que fuera por llegar reventado, pero si volviera a hacer esta excursión, quitaría este pueblo y me quedaría solo son Esztergom y Szentendre.
Según bajé volví a pasar por el super y cayó un heladito y una mirinda. Me tocó esperar un ratillo a que pasara el bus, y luego otros 50 minutos en llegar hasta Szentendre, así que nada más llegar busqué lo primero que hubiera abierto para comer. En este caso resultó una hamburguesería local que me vino de mimo. El centro histórico se reduce a unas poquitas calles, bastante bien cuidadas, pero que con toda la paliza del día encima lo que tenía ganas era de volver al hotel.
La vuelta a Budapest se hacía ya en tren, pero no era directo, sino que me tocaba hacer trasbordo. Tuve la suerte de que según me monté en el primero, arrancó. Pero era un tren yo creo que todavía de época soviética. Sin aire acondicionado, a una velocidad máxima de paso tortuga, no entraba aire por ningún sitio. Era como una sauna. Después de 25 minutos de tortura hice transbordo en Újpest, donde ya cogí uno moderno bien fresquito. Llegué al hotel tan reventado que ya casi no quise ni salir a cenar.