Este día sí que nos tocaba madrugar, pero no por evitarnos el calor, sino porque teníamos que coger el tren para ir a Bratislava. El tren salió perfectamente puntual, y el tiempo estimado era de dos horas y media, pero sin saber cómo ni por qué, acabó durando tres horas. Salimos a las siete y media y llegamos a las diez y media. A esa hora el calor ya pegaba fuerte así que nada más salir de la estación cogimos un autobús para acercarnos al centro. Tras una breve parada en un pequeño súper para reponer líquidos, atravesamos la Michalská brána y entramos en el centro histórico.
Este centro histórico es realmente pequeño para una capital europea, y antes del viaje estuve valorando si merecía la pena pegarse la paliza del tren para una excursión que normalmente se hace desde Viena por su cercanía. Pero claro, estar una semana sólo en Budapest, sin salir de la ciudad, tampoco tenía mucho sentido, así que al final decidimos acercarnos.
Como teníamos bastante tiempo empezamos a vagar un poco sin rumbo, viendo las cosas que nos íbamos encontrando. Así visitamos la Plaza Mayor, la estatua de Čumil, la catedral de San Martín para acabar el recorrido en la Iglesia Azul, donde por un módico precio escuchamos un miniconcierto de cuatro obras de órgano. Nos sirvió para resguardarnos del sol.
A esto ya eran las dos de la tarde y estábamos derrengados, así que optamos por acercarnos al centro comercial Eurovea, inmenso, y pillar algo de aire acondicionado. Comimos algo allí mismo y estuvimos un rato haciendo la zarramanga, reuniendo el valor necesario para enfrentarnos al calor de nuevo.
Sobre las cuatro y media cogimos un bus que nos llevara al centro histórico de nuevo, para atravesarlo por calles que no habíamos cogido por la mañana, pero en seguida nos rendimos y optamos por ir ya hacia la estación de trenes. Aviso que viene chapa. Aunque teníamos el tren de vuelta a las seis y cuarto, a las cinco y media ya estábamos allí, esperando pillar algo de fresco, que resultó misión imposible. Nuestra sorpresa fue llegar a la estación para ver que todos los trenes iban con un retraso del demonio. El nuestro, 80 minutos que pasaron a ser 90 al poco rato. El de las cinco y media igual, 50 minutos de retraso. Me fui a preguntar en distintas ventanillas a ver si con nuestro billete de las 18:15 nos podríamos montar en el de las 17:30, que llegaría a nuestra hora, más o menos. Me empezaron a marear mandándome de un sitio para otro sin dejarme nada claro. Una familia de españoles que andaba por allí cerca nos comentó que les habían dicho que habláramos con el revisor una vez llegara el tren. Les pregunto que dónde les han dicho eso, y me señalan la ventanilla de dónde acabo de volver yo diciéndome que no se podía… Y bueno, eso hicimos. Afortunadamente la revisora resultó ser bastante amable, porque el carácter de los eslovacos con los que habíamos tratado era parecido al de sus vecinos húngaros. Así ya solo nos quedaban las tres horas de vuelta hasta llegar a Budapest.