Este día queríamos llegar pronto al valle de Cocora, por un lado para evitar la marabunta, y por otro lado para evitar el posible calor. Así que no madrugamos más que otros días. Simplemente estuve menos tiempo haciendo fotos de los colibríes. Al pasar por la plaza de Salento ya vimos las colas de todo el mundo que estaba esperando a que les llevaran los willis. Al llegar a Cocora, y mira que ya lo sabía, me la volvieron a colar con el típico tío que se te pone en medio de la carretera para que aparques en su tierra. Eso nos supuso andar casi un kilómetro de más de ida, y otro de vuelta, que con la paliza que volví no fue poca cosa. Nos cobraron de entrada 50.000 pesos, y nada, para arriba a andar. Empezamos el recorrido en sentido horario, es decir, viendo las palmas de cera lo primero. Lo hicimos así porque no tenía yo muy claro que lo fuésemos a hacer completo, y así veíamos lo más chulo. La primera parte hasta llegar al primer mirador se hizo más o menos bien, aunque es subida todo el rato. Adela, que va más ligera que yo, incluso cuando llegó arriba vio un cóndor pasar bastante cerquita. Yo ya no tuve ocasión. Seguimos subiendo hasta el siguiente mirador, siempre por buen camino. Llega un punto en que hay otra caseta donde te cobran otros 16.000 pesos. Este es un buen momento para decidir si quieres seguir o te das la vuelta. A partir de aquí ya no hay más vistas de las palmas, te metes en monte cerrado.
Yo por un lado tenía ganas de seguir, por otro ya estaba cansado de tanta cuesta. Al final pudieron más la ganas de visitar la reserva de colibríes de Acaime. Yo sabía que había que desviarse del sendero principal, pero no sabía que tanto. Al final fue casi otra hora más de subida, y ya no por sendero, sino a veces por rocas directamente. Llegué bastante cansado, pero nos mereció la pena. Yo iba cargado con la cámara buena para hacer fotos, pero Adela que no le va la fotografía también disfrutó mucho, observando tan tranquila.
El camino de vuelta se nos hizo bastante duro. Va siguiendo el cauce de un riachuelo y no hay casi camino, así que tienes que ir bajando por rocas que están llenas de humedad y musgo. Te vas resbalando de continuo. Así que vas en tensión que te cansa más. Ya digo que se hizo largo. O es que estoy desentrenado, que todo hace.
Con la matada con la que llegamos, por la tarde poco más hicimos. Teníamos el masaje reservado, y de camino entramos en alguna tienda de artesanía para comprar algún regalo. Adela, como le gustó el masaje, también quiso hacerse la manicura, pero aquí se entretuvieron un poco mucho. Acabamos cenando en Super Patacón, que ya era la tercera vez que iba.