Después de la aventura africana
del año pasado, esta vez decidimos volver al sudeste asiático. En principio
nuestro destino elegido había sido Sri Lanka. Compramos los billetes de avión
el día 18 de junio, pero pocos días después empezaron a llegar noticias
“preocupantes” de revueltas sociales, y sobre todo, de desabastecimiento de
gasolina, con colas kilométricas para llenar el depósito. Y aunque tenía ya la
ruta hecha y los hoteles reservados, pensamos que íbamos a estar las dos
semanas pendientes de si seríamos capaces de llegar al aeropuerto el último
día, sin disfrutar del viaje, y decidimos cambiar de destino. Sobre la marcha
miré las condiciones de cambio de billete de Emirates, y pagando 70 € más por
persona (sobre la burrada de los 1600 € que ya habíamos pagado con
anterioridad) elegimos hacer un combinado Tailandia – Camboya.
En Tailandia habíamos estado en
el 2017, a la vuelta de un viaje por Laos, solamente tres días en Bangkok (con
una excursión a Ayutaya), y como nos había sabido a poco, siempre lo teníamos
en mente para volver. Y esta era una buena oportunidad.
Finalmente nos salió un viaje un poco cortito, de 12 días, porque con el cambio de destino también tuvimos que cambiar las fechas (salir un día más tarde y volver un día antes).
Después de llegar bastante tarde el día anterior por un retraso en el segundo vuelo, finalmente llegamos al hotel cerca de la una de la noche. Así que entre eso y el jet lag, nos tomamos el día con calma. Como ya he dicho, era la segunda vez en Bangkok, así que para este primer día tenía apuntadas un par de cosas que no vimos la otra vez.
Lo primero que hicimos fue ir a
cambiar dinero a un cercano Superrich, donde nos tocó esperar un buen rato por
la gente que teníamos delante.
Una vez provistos de efectivo, nuestro
primer destino fue el Wat Ratchanatdaram Worawihan, mediante un taxi que
pedimos por la aplicación Grab. Allí estuvimos totalmente solos. Se notaba que
las restricciones de la pandemia seguían vigentes en la cercana China.
A continuación, y tuktuk mediante, nos acercamos al Wat Benchamabophit, que nos gustó bastante, y en el que nuevamente estuvimos prácticamente solos.
Desde aquí nos acercamos al parque Lumphini, aunque nos costó bastante que nos cogiera un taxi. Como ya había llegado la hora de comer, antes de entrar, compramos cuatro cosas en un 7 eleven que había en la entrada. Una vez en el parque dimos la vuelta al lago, buscando los varanos.
Y como el parque quedaba cerca de nuestro hotel, nos acercamos a darnos una ducha ya que a las ocho teníamos masaje en el Dahra Spa, un sitio bastante caro para lo que son los masajes en Tailandia, ni de lejos nos dieron el mejor masaje del viaje, pero que para ir abriendo boca no estuvo mal. Eso sí, yo cometí la osadía de pedir el masaje fuerte y luego tuve agujetas tres días.
Terminamos cenando en un restaurante chino, el mismo en el que estuvimos hace cinco años, pidiendo de nuevo el crispy pork. Afuera diluviaba.
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